Esto era diferente a lo que ocurría en las muestras de sangre de una persona normal tras la centrifugación.
—Qué extraño… —murmuró Leonor para sí misma, con el ceño fruncido.
Sin tener ninguna pista, no le quedó más remedio que llamar al Doctor Fernando Soler para pedirle ayuda.
El teléfono de Leonor sonó varias veces antes de que alguien contestara.
—Don Soler, buenos días.
—¿Está ocupado ahora?
Al otro lado de la línea, la voz de Fernando Soler sonaba sorprendida y cansada.
—Por aquí no son buenos días, es de madrugada.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas a estas horas?
Al oír las palabras de Fernando Soler, Leonor se sorprendió un poco.
—¿De madrugada?
—¿No está en el país?
Fernando Soler fue a la cocina y, mientras se preparaba un café, charló con ella.
—Vine a Suiza hace unos días para participar en un proyecto de la Organización Mundial de la Salud. No estoy en el país por ahora.
Qué mala suerte.
Leonor tenía la intención de invitar a Fernando Soler a Ciudad G para que investigaran juntos el veneno de Plácido Ríos.
No había nada que hacer. Si Fernando Soler estaba en el extranjero participando en un evento, no podría volver en un futuro próximo.
Leonor se sintió un poco decepcionada, pero no podía forzar la situación. Con una sonrisa, se interesó por él.
—Entonces, cuídese mucho en el extranjero y no se exceda con el trabajo.
—Lo sé, lo sé —el tono de Fernando Soler se suavizó un poco.
—¿Y tú? ¿En qué andas últimamente? El señor Morales no te ha vuelto a buscar, ¿verdad?
—No.
Leonor hizo una pausa. Ser demasiado sutil no iba con ella.
Con un tono natural, fue directa al grano.
—Verá, Don Soler, últimamente he aceptado a un nuevo paciente, y su caso es un poco complicado.
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