—En realidad...
Josefina quiso decir algo, pero el hombre a su lado apretó el agarre; su fuerza era tanta que empezó a dolerle un poco.
—No quiero escucharlo —dijo él con frialdad.
Josefina se quedó sin palabras.
Bueno, está bien.
Al llegar al salón de banquetes del primer piso, Mauricio Zárate se acercó y preguntó sonriendo:
—Director Gutiérrez, ¿ya terminó de hablar con mi padre?
Benjamín asintió fríamente.
—Sí, tengo cosas que hacer, así que me retiro.
—Bien, bien —asintió Mauricio—. Entonces, otro día lo invitaré a comer, espero que el director Gutiérrez me honre con su presencia.
Benjamín respondió con tono desapegado:
—Tengo problemas de visión y ya he cancelado muchas cenas. Seguro que el director Zárate puede entenderlo, ¿verdad?
Con esa sola frase dejó a Mauricio sin palabras, impidiéndole continuar con la conversación.
La expresión de Mauricio se tensó por un momento, pero asintió y dijo:
—Por supuesto, entonces le deseo una pronta recuperación. Aún queremos ver al director Gutiérrez brillando en el mundo de los negocios.
—Se lo agradezco.
Después de unas breves cortesías, Josefina lo ayudó a salir.
Subió directamente al auto de él.
Benjamín alzó una ceja y preguntó:
—¿Vas a volver conmigo?
—Sí —respondió Josefina—. Hace mucho que no veo a Lori, quiero platicar con ella.
Benjamín simplemente cerró los ojos.
Resultaba que no era porque quisiera pasar más tiempo con él. Al parecer, volvía a hacerse ilusiones.
Josefina le mandó un mensaje a su chofer para que se llevara su auto, luego guardó su celular y bajó el panel divisor del coche.
Al escuchar el ruido mecánico, Benjamín frunció el ceño y preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Tengo algo que decirte —dijo Josefina.

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