En ese momento, un hombre corpulento vestido de traje negro se le acercó, hizo un ademán hacia el restaurante y dijo:
—Sr. Fuentes, el señor lo está esperando.
Manuel se ajustó las gafas, asintió levemente y regresó al restaurante.
En un reservado.
Eduardo Hurtado estaba sentado solo en el lugar principal. Los demás permanecían de pie, con actitud sumamente respetuosa.
La puerta se abrió. El gigantesco guardaespaldas se quedó afuera, y Manuel entró solo.
Su frialdad anterior se había esfumado. Con una expresión respetuosa y un tono amigable, inclinó la cabeza para saludar:
—Señor.
Eduardo rio por lo bajo.
—¿No estabas fingiendo que no me conocías? ¿Ya te acordaste de quién soy?
Manuel mantuvo la mirada baja y respondió:
—Solo quería evitar causarle problemas innecesarios.
Eduardo lo observó con calma.
—¿Eres muy cercano a la Srta. León?
Manuel asintió.
—Sí, somos amigos.
—¿En serio? ¿Estás seguro de que solo son amigos? ¿No hay otras intenciones detrás? —preguntó Eduardo sin prisa.
Sus largas piernas estaban cruzadas en una postura relajada. Sus ojos, que se asemejaban mucho a los de Josefina, lo miraban con frialdad, aunque sus cejas más marcadas hacían que sus facciones se vieran mucho más rudas.
Cada uno de sus movimientos irradiaba una elegancia innata, y de él emanaba la inconfundible aura de quien está acostumbrado a mandar.
Sin levantar la vista en ningún momento, Manuel respondió con tono respetuoso:
—Señor, ¿me llamó solo para preguntarme eso?
—Así es. Piensa bien tu respuesta —murmuró Eduardo con una leve sonrisa.

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