Al ver el repudio descarado en su rostro, Josefina no pudo evitar soltar una risita de resignación.
—Si tienes tantas ganas de contármelo, soy toda oídos.
Benjamín soltó una carcajada seca.
—Pues ahora ya no te digo nada, te aguantas con la curiosidad.
Josefina: "..."
Qué inmaduro.
De repente, un gemido de dolor se escuchó desde el interior de la bodega; la persona parecía estar sufriendo.
Josefina preguntó, un tanto preocupada:
—¿Estás seguro de que la que está ahí adentro está bien?
—Hierba mala nunca muere —contestó él.
Josefina apartó la mirada y no insistió más.
Acompañó a Benjamín de regreso al interior de la casa y ambos se sentaron en el sofá.
En ese momento, el celular de Benjamín empezó a sonar. Lo sacó y escuchó. Era un número desconocido.
Sin embargo, él reconoció la línea al instante.
Era Vicente Gutiérrez.
Contestó, pero se quedó callado.
Vicente Gutiérrez dudó un par de segundos antes de decir:
—Benjamín, al final de cuentas somos padre e hijo. ¿No podemos hablar las cosas y llegar a un acuerdo?
—Ja... —Benjamín soltó una risa sarcástica—. ¿Te diste cuenta de que se te cayó el teatro y no te quedó otra que recurrir a la lástima paternal?
Que le expusieran sus verdaderas intenciones así de crudo hizo que el rostro de Vicente Gutiérrez se desencajara.
Jamás se imaginó que los dos matones que envió fallarían en atrapar a Josefina.
Había hecho ruido de más, y era obvio que Benjamín ya estaba enterado; esto sin duda lo había hecho estallar de rabia.
Vicente Gutiérrez había pasado la noche en vela, dándole vueltas al asunto, pero por más que pensaba, no hallaba cómo salir de este callejón sin salida.
Mientras Sofía estuviera retenida por Benjamín, él tenía el as bajo la manga.

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