—¿Qué estás haciendo?
Josefina se hizo hacia atrás sutilmente, mirando el apuesto rostro del hombre que estaba a escasos centímetros del suyo, con un destello de diversión en sus húmedos ojos.
—Me pareció que el olor de tu perfume era muy agradable y quise acercarme a olerlo. ¿Te crees esa excusa?
Benjamín no se apartó. No sintió ninguna vergüenza por haber fallado el beso, sino que sonrió levemente.
—¿Tú qué crees? —replicó ella.
—Lo siento. —Una expresión de resignación apareció en su rostro—. No pude evitarlo.
Josefina observó sus marcadas facciones, esos ojos oscuros que ahora carecían de brillo, y sintió una contracción en el pecho.
Extendió la mano y le acarició el rostro.
Benjamín giró la cabeza ligeramente, rozando su palma con los labios.
Las yemas de los dedos de Josefina delinearon sus cejas y sus ojos, antes de empujarlo suavemente.
—Estás interrumpiendo mi trabajo.
Benjamín se rió por lo bajo.
—Lo lamento, jefa, toda la culpa es mía.
Josefina se quedó sin palabras.
Dirigió su mirada hacia la pantalla de la computadora, le leyó el correo que él había dejado a medias y luego le pidió su opinión.
Lo que él le indicaba, ella lo escribía como respuesta.
Con esa sincronía, el tiempo pasó volando sin que se dieran cuenta.
Para cuando terminaron de responder todos los correos, ya eran las diez de la noche.
Josefina soltó un bostezo.
—Es muy tarde, es hora de descansar.
Benjamín asintió, y luego preguntó como si no tuviera importancia.
—Supongo que no volverás a Residencial Las Jacarandas en el futuro, ¿verdad?
—Así es —afirmó ella, y luego añadió—. Planeo vender el departamento que tengo ahí y comprar uno nuevo.
Al escucharla, Benjamín guardó silencio.
Josefina, que ya había caminado hasta la puerta de la habitación de invitados, lo miró. Lo vio apretando ligeramente los labios, perdido en sus propios pensamientos.
—Buenas noches —le dijo.

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