—¿Que ya se dio cuenta de su error? —Benjamín soltó una carcajada como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo—. Si de verdad estuviera arrepentido, no habría venido corriendo a pedirte piedad. Y además...
Hizo una pequeña pausa y continuó.
—Mamá, ¿de verdad te confesó sus errores? ¿Qué te dijo exactamente?
Teresa sintió que había algo extraño en sus palabras, pero por un momento no logró descifrar de qué se trataba.
Así que respondió:
—Dijo que lo que pasó en aquel entonces fue un momento de locura. Prometió entregar sus acciones y toda su fortuna, y me juró que jamás volvería a meterse en los asuntos del Grupo. Él no quiere irse de esta casa.
—¡Ja!
Benjamín soltó otra risa burlona.
—Qué bien sabe sacar sus cuentas.
Al ver el rostro de su hijo lleno de sarcasmo, Teresa sintió cómo una profunda lucha interna se desataba en su corazón.
Dudó por un instante antes de preguntar.
—Benjamín, ¿de verdad no hay margen para negociar?
—¿Acaso él dudó o se detuvo a pensar antes de hacer lo que hizo? —le respondió Benjamín sin rodeos, con el desprecio grabado en sus facciones.
Teresa se quedó en silencio.
Realmente no podía seguir intentando persuadirlo.
Al fin y al cabo, fue a él a quien ignoraron toda su vida. Fue a él a quien su propio padre intentó hundir. Él era la víctima y quien había cargado con todo el sufrimiento.
Nadie tenía derecho a tomar esa decisión en su lugar.
Había sido un padre ausente durante décadas, y ahora, en este momento, quería arreglar las cosas. Para Benjamín, ya era demasiado tarde.
—Está bien, no me interpondré en tu decisión —dijo ella por fin.
—¿Está aquí? —preguntó Benjamín.
—Sí, está en la habitación de Alberto —respondió Teresa.
—Ve y tráelo aquí.
Esa orden iba dirigida al guardaespaldas.
El hombre de seguridad fue de inmediato a la habitación del niño. Vicente, que había estado sintiéndose angustiado todo ese tiempo, sintió cómo su corazón se desplomaba hasta el fondo del estómago al ver al guardia entrar.
¿Teresa no había logrado convencer a Benjamín?
¿Acaso este era su fin?
—Abuelo, ¿qué está pasando? —preguntó Alberto con curiosidad, mirando al guardaespaldas inexpresivo.
Vicente lo miró, acarició su cabeza y le dedicó una sonrisa amable.
—No es nada. Tengo que salir un momento. Pórtate bien y sigue haciendo tu tarea, ¿sí?

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