—Sí, señor.
Valentín salió a toda prisa del Residencial Valle Niebla.
Josefina pasó todo el día encerrada en el sótano entrenando y no salió ni siquiera a la hora de cenar.
Lorena intentó llamarla varias veces, pero ella solo decía que no tenía hambre.
Sintiéndose impotente, Lorena fue a buscar a Benjamín.
Ese par era un caso perdido.
Una encerrada en el sótano entrenando sin parar, y el otro recluido en el estudio respondiendo correos.
Había pasado más de medio día, ninguno había salido y ninguno había probado bocado.
—A ver, ¿qué está pasando entre ustedes dos? —Lorena entró a la oficina, cerró la puerta y le preguntó con el ceño fruncido—. ¿Ya le dijiste la verdad a Jose?
Benjamín replicó fríamente.
—¿Necesitas algo?
Lorena se quedó en silencio por un momento antes de hablar.
—La cena ya está lista y vine a buscarte para comer. Resulta que Jose me dijo que no tenía hambre y sigue en el sótano. Pude ver que ya ni siquiera puede levantar los brazos, pero se niega a parar. Si sigue así, va a lastimarse las manos.
La mano de Benjamín, que descansaba sobre el ratón de la computadora, se detuvo. Se levantó de inmediato y dijo.
—Iré por ella. Cuando termine de cenar, quiero que le apliques acupuntura para relajarle los músculos.
—Por mí no hay problema, yo me encargo. Lo importante es que logres que coma algo —respondió Lorena.
Al verlo encaminarse hacia la salida, no pudo evitar la pregunta.
—¿Cuándo planeas decirle la verdad?
—Muy pronto —soltó Benjamín con un tono gélido.
¿Qué tan pronto era muy pronto?
¿Ahora? ¿En este preciso momento?

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