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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 1109

¡Bang!

Alguien recibió un disparo en la cabeza y cayó desplomado justo frente a Josefina. ¡A ella casi se le salen los ojos de las órbitas y su rostro se descompuso de terror!

La habían obligado a bajar del auto; el vehículo ya estaba volcado y en llamas. Los hombres que la atacaban venían armados hasta los dientes, con equipo militar y munición real.

Le temblaban las manos por no dejar de disparar.

Felipe soltó una maldición por lo bajo.

—¡Maldición, los que vinieron esta vez son duros! Esa tal Ariadna Hurtado de verdad tiró la casa por la ventana... si no te mata hoy, no se queda tranquila.

Josefina respiraba con dificultad.

—Felipe, no es momento de hacer bromas. ¿Qué hacemos?

En ese momento, estaban escondidos en el bosque, pero el área era demasiado pequeña. El gas lacrimógeno ya se esparcía por el aire; si se acercaban un poco, los ojos les ardían sin control.

Josefina, Felipe y los demás guardaespaldas seguían retrocediendo.

El rostro de Felipe reflejaba una tensión tremenda.

—Ya nos bajaron a nuestro francotirador. Ahora solo queda enfrentarnos a ellos cara a cara.

A Josefina se le cortó la respiración y sintió una presión asfixiante en el pecho. Miró el rostro grave de Felipe y, con voz ahogada, le dijo:

—Felipe, vete. Llévatelos a todos y huyan.

Había perdido a la mayoría de sus guardaespaldas; apenas le quedaban cinco o seis hombres cerca.

Si se quedaban con ella, todos iban a morir.

—Jose, ¿qué tonterías estás diciendo? —Felipe giró para mirarla y luego le dedicó una sonrisa de medio lado—. Nosotros nos dedicamos a esto, hace mucho que ya no le tenemos miedo a la muerte. Ganamos bien, ya disfrutamos la vida y no dejamos a nadie desamparado, así que no nos importa si morimos o no.

¿Cómo podía ser posible?

¿Cómo podía haber alguien a quien no le importara morir?

Josefina sentía una enorme angustia y le dijo:

—¡Váyanse! Si no se van, ¡voy a salir yo misma a distraerlos!

—¡Oye!

Felipe jamás se imaginó que ella diría algo así. Al ver la determinación en sus ojos, supo que lo decía muy en serio.

Tenía la cara manchada de sangre, las manos le temblaban sosteniendo el arma y la tensión de su cuerpo estaba al límite.

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