La lluvia caía con tal fuerza que ya era imposible distinguir los detalles a la distancia.
—¿Sigue allá afuera? —preguntó Fidel con voz grave.
—Sí —asintió el mayordomo.
—Je, debo reconocer su persistencia —Fidel soltó una risa seca—. Déjalo entrar. Tengo curiosidad por saber qué es lo que quiere decir.
El mayordomo dejó escapar un suspiro de alivio.
—Enseguida.
Si dejaban a Benjamín bajo la tormenta y algo le pasaba, la familia Zárate tendría que cargar con la culpa. Además, Josefina tenía pruebas en su poder que podrían hundir a la familia. Si Benjamín perdía los estribos, ellos serían los más perjudicados.
Con un paraguas en mano, Leonel llegó a la entrada. Al abrir, vio a Benjamín; aunque se cubría, sus pantalones estaban empapados.
—Director Gutiérrez, nuestro señor ya se siente un poco mejor. Al enterarse de que llevaba tanto tiempo esperando, me pidió que lo hiciera pasar de inmediato. Acompáñeme, por favor —dijo el mayordomo con cortesía y una sonrisa amable.
Benjamín asintió levemente.
—De acuerdo.
En ese instante, un guardaespaldas se acercó rápidamente para ayudar a Benjamín a caminar por el jardín.
Al entrar a la casa principal, el ruido de la tormenta se mitigó.
El mayordomo ordenó que prepararan un té de jengibre y se lo ofreció a Benjamín.
—Director Gutiérrez, beba esto para que entre en calor. No queremos que se resfríe.
—No es necesario. Estoy bien —respondió Benjamín con frialdad—. ¿Dónde está Don Fidel?
—En su estudio. Lo llevaré con él ahora mismo.
Leonel hizo ademán de ayudar a Benjamín a caminar.
Pero el guardaespaldas se interpuso.
—Yo me encargo.
El mayordomo no insistió y comenzó a guiarlos.

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