Fidel estaba que echaba humo. Benjamín venía a pedir ayuda y encima lo trataba con esa arrogancia. ¿Acaso creía que iba a doblegarse tan fácilmente?
Se dio la media vuelta, cruzando las manos a la espalda, tan furioso que hasta la respiración le temblaba.
En contraste con su agitación, Benjamín lucía inmutable. No podía ver los gestos de Fidel, pero el tono de su voz y lo agitado de su respiración le decían todo lo que necesitaba saber.
Y, sinceramente, le importaba un bledo. Su única preocupación era Josefina.
Mantuvo un tono de voz gélido y nivelado.
—Don Fidel, sabe perfectamente que vine dispuesto a pedirle este favor de buena fe. Pero si me obliga a irme con las manos vacías, me veré en la necesidad de intervenir por lo que Flavia le hizo a mi esposa. Josefina ya arregló sus cuentas con ella, pero yo aún no he saldado las mías.
—¡¿Me estás amenazando?! —Fidel se giró de golpe, con el rostro desencajado por la rabia—. ¡Infame! ¿En qué momento te convertiste en esta clase de escoria?
Benjamín parpadeó lentamente.
—Todavía sigo aquí, Don Fidel. Aún estoy dispuesto a pedirle ese favor.
¿Pedir un favor?
¡Eso era un chantaje descarado!
Fidel lo miró con profunda decepción. Jamás creyó que llegaría a ver esa faceta tan despiadada de Benjamín.
Su respiración era pesada. Tras un largo y tenso silencio, murmuró:
—Me equivoqué rotundamente contigo.
El semblante de Benjamín no cambió en lo más mínimo.
—Solo es un pequeño favor. No le tomará ningún esfuerzo.
—Je. ¿Y acaso tengo otra opción? —Fidel se dejó caer en su silla, soltando una risa amarga.
Tras una breve pausa, Benjamín prosiguió:
—Lamento si lo ofendí. Quiero ver a Eduardo Hurtado.
Fidel respondió sin dudarlo:
—Hace mucho que no lo veo. Buscaste a la persona equivocada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...