Eduardo la miró y frunció ligeramente el ceño al notar la leve expresión de burla en su rostro.
—¿Acaso no es suficiente? Al perder la protección de la familia Hurtado, se convertirá en una rata callejera, deseará estar muerta.
Josefina se cruzó de brazos y preguntó con una sonrisa a medias:
—¿Y todo lo que ella obtuvo pasará a ser mío?
Al escuchar eso, Eduardo guardó silencio por completo.
Tras un par de segundos, suspiró suavemente y dijo:
—Josefina, ningún hijo de los Hurtado vive de los frutos ajenos. Todos se ganan su lugar en el corporativo a base de esfuerzo y trabajo duro.
—Entonces, cuando la echen, ¿a quién irán a parar sus cosas? ¿Volverán al corporativo? ¿O se las repartirán entre ustedes? —Las preguntas de Josefina eran cada vez más afiladas.
—Naturalmente, integraremos los recursos y los redistribuiremos. Quedarán en manos del más capaz —respondió Eduardo sin dudar.
—Traducido al español, significa que se repartirán sus recursos en partes iguales —asintió Josefina lentamente, desnudando la verdad—. Entonces, para ti no soy más que una herramienta muy útil, ¿verdad? Mi aparición puede romper su equilibrio y hacer que obtengan más poder y recursos, pero yo no me llevaré nada.
—Ja... tus intenciones se ven a kilómetros de distancia.
El ceño de Eduardo se frunció de inmediato y la miró desconcertado.
—Pero volverías a tu verdadera familia, tendrías padres y hermanos que te querrían, ¿no es eso suficiente?
Si ella quería todos los recursos y el poder de Ariadna, estaba pidiendo imposibles.
Ni siquiera su padre estaría de acuerdo con algo así, y mucho menos él.
El tono de Josefina se volvió más frío.
—¿Y para qué volvería con ustedes? ¿Para convertirme en alguien de la familia Hurtado y que luego manipulen mi vida?
Por la forma en que lo decía, parecía que ser parte de los Hurtado era la gloria absoluta.

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