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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 1186

Josefina lucía apática. Recostada en el asiento, soltó un simple sonido de afirmación sin mostrar expresión alguna.

Al verla en ese estado, Eduardo asumió que no había descansado bien y decidió no decir nada más.

Al salir del aeropuerto, un paisaje urbano completamente distinto al de su país se desplegó ante sus ojos. La mayoría de los edificios conservaban un estilo del siglo pasado, y bajo aquel cielo grisáceo, emanaban un aura pesada y enigmática.

Eduardo no paraba de responder correos. Había estado fuera bastante tiempo y el trabajo se le había acumulado; al estar tan ocupado, no prestaba atención a nada más.

¡Pum!

De pronto, un auto que venía detrás se estrelló de lleno contra el de ellos.

Tomada por sorpresa, Josefina se golpeó la cabeza contra el respaldo del asiento delantero. Por suerte era acolchado, así que no se lastimó.

El rostro de Eduardo se ensombreció al instante.

—¿Qué está pasando?

El chofer también tenía el ceño fruncido.

—Hay un par de autos más detrás. Señorito Eduardo, señorita Josefina, sujétense bien.

Josefina frunció el ceño e intentó girarse para mirar atrás, pero en ese momento el auto aceleró a fondo.

¡Una escena digna de Rápido y Furioso en plenas calles de la ciudad!

Los vehículos los perseguían sin tregua. La destreza del chofer era impecable: tomaba las curvas a una velocidad vertiginosa que hacía que el corazón diera vuelcos.

La respiración de Josefina se volvió tensa. Miró a Eduardo y notó que acababa de colgar el teléfono tras dar una serie de órdenes en un idioma extranjero fluido.

Era un dialecto que Josefina no lograba reconocer.

—¿No me digas que alguien se enteró de que me trajiste? Vaya recibimiento me prepararon apenas salir del aeropuerto —comentó Josefina con una sonrisa irónica que no llegó a sus ojos.

Un rastro de resignación cruzó la mirada de Eduardo.

—Justo como lo supones, eres muy importante para mí. Te necesito para obtener lo que quiero, ¿por qué filtraría información sobre ti? Eso sería buscarme problemas yo mismo.

—Entonces, ¿qué es esto? —preguntó ella con frialdad.

Los autos seguían pisándoles los talones.

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