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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 1187

—¿Qué pasa? ¿De repente te conmoviste? ¿Sientes que te equivocaste al tratarme tan mal antes? La verdad, no hace falta que actúes así; con que me llames hermano mayor es suficiente. Proteger a una hermana es el deber de cualquier hermano.

Eduardo observó su rostro inexpresivo. Ahora que no había rastro de sarcasmo en su mirada, le resultaba mucho más agradable. Incluso sintió una calidez inusual en su pecho; jamás había tenido tanta paciencia con nadie.

—¿Acaso puedes estar conmigo las veinticuatro horas? ¿Qué pasa si no logras protegerme? —preguntó Josefina, mirándolo sin pestañear.

—No te ahogues en un vaso de agua —respondió Eduardo con un tono suave—. En el peor de los casos, la situación será como ya la imaginaste. Cuando decidiste venir conmigo, ¿no te habías mentalizado para esto?

—Ah.

Josefina apartó la mirada y volvió a observar por la ventana. Su mente era un torbellino de emociones encontradas.

Sentía cierta agitación y una extraña incomodidad. Recordó las palabras de Lorena: *"Él es un hombre despiadado"*.

Entonces, ¿toda esa actitud protectora era solo teatro?

Josefina no lograba descifrarlo y, francamente, tampoco quería esforzarse en hacerlo.

Su único objetivo al estar allí era acabar con Ariadna.

El resto no le importaba en absoluto.

El vehículo tomó varias curvas antes de adentrarse en un exclusivo complejo residencial y detenerse frente a una casa de tres pisos ubicada al fondo.

Cuando Josefina bajó del auto, notó que el mayordomo y el personal de servicio, todos impecablemente uniformados, ya estaban formados esperándolos en una actitud sumamente respetuosa.

Eduardo salió tras ella, y el mayordomo fue el primero en hacer una reverencia.

—Señorito Eduardo, bienvenido a casa.

—Sí —respondió Eduardo, y de inmediato añadió—: Ella es mi invitada de honor. Se quedará a vivir aquí; quiero que la atiendan a la perfección y complazcan todos sus caprichos.

—Como ordene, señorito Eduardo —asintió el mayordomo.

Luego, se dirigió a Josefina con una sonrisa cortés:

—Disculpe, ¿cómo debemos dirigirnos a usted, señora?

—Se llama Josefina —se adelantó Eduardo—. Llámenla señorita Josefina.

—Entendido.

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