Sebastián adoraba a su hermana Ariadna.
Entonces, ¿ese hermano caído del cielo iría tras ella para proteger a Ariadna?
Josefina lo observó pasear por el jardín sin rumbo aparente.
Se sentó tranquilamente en uno de los bancos de madera, sin la menor intención de esconderse.
Si la veía, que la viera. Tarde o temprano tendrían que encontrarse.
El jardín era inmenso y la vegetación, preciosa; cada giro revelaba un paisaje diferente.
Sebastián caminaba distraído, avanzando poco a poco. Su instinto le decía que alguien lo estaba observando.
¿Quién podría ser?
¿Sería la misteriosa chica que su hermano mayor había traído?
Eduardo se había dedicado en cuerpo y alma a los negocios todos esos años, sin una sola mujer a la vista. Su padre le había presentado a un montón de candidatas para matrimonios arreglados, pero tras una sola cita, él siempre decía que no eran compatibles.
Por eso, al enterarse de que Eduardo había traído a una mujer a su casa, Sebastián sentía que la curiosidad lo carcomía por dentro. Tenía que ver con sus propios ojos qué clase de chica había logrado que su estoico hermano la escondiera en su refugio.
En ese instante, su celular empezó a sonar. Miró la pantalla: era Eduardo.
Tsk...
¿Tanto pánico le daba?
Definitivamente, había una chica escondida en esa casa.
—¿Qué tal, hermano? —respondió Sebastián, con un tono cargado de burla—. Acabas de llegar de viaje y ya estás a mil por hora, ¿no vas a descansar un par de días?
Eduardo fue directo al grano:
—Se me acumuló el trabajo. ¿Y tú? ¿Ya terminaste el proyecto que tenías a cargo?
Sebastián arqueó una ceja.
—Todavía no. Papá no me ha presionado, así que me lo tomo con calma.
—Si no tienes prisa, pásame el proyecto a mí. Papá ya me insinuó que si lo termino con éxito, habrá un ascenso —soltó Eduardo sin rodeos.
Sebastián entrecerró los ojos.

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