Josefina esbozó una sonrisa y respondió:
—Hombre prevenido vale por dos, ¿es comprensible, no?
—Sí —asintió Eduardo, sintiendo una punzada de tristeza que le resultaba completamente extraña.
Ni siquiera en los peores momentos de rivalidad con sus hermanos había experimentado algo así.
¿Sería esto lo que llamaban la conexión de la sangre?
No quiso darle más vueltas al asunto y respondió con serenidad:
—Con mis acciones te demostraré que no te estoy mintiendo.
Josefina no añadió nada más.
—Sebastián ya sabe que hay una desconocida aquí y está muy intrigado. ¿Quieres que te mude a otro lado? —sugirió él.
Ella negó con la cabeza.
—No hace falta. Que se intrigue todo lo que quiera, de todos modos vamos a cruzarnos tarde o temprano.
—Él es peligroso. Te aconsejo que no te cruces en su camino antes de tiempo —advirtió Eduardo con el rostro tenso.
Josefina asintió.
—Está bien, me mantendré lejos de él —dijo, y luego cambió de tema—. ¿Cuándo es el cumpleaños de tu mamá?
Eduardo hizo una pausa antes de corregirla:
—Nuestra madre. Es en una semana. Ese día, nuestro padre organizará una cena y todos los familiares de los Hurtado estarán ahí.
—Además, ya tengo lista la prueba de ADN. No tienes que preocuparte de que alguien ponga en duda quién eres.
—Perfecto, enterada —respondió Josefina.
Eduardo se relajó un poco; sentía que el ambiente entre ellos ya no era tan hostil como al principio.
—¿Te estás adaptando bien aquí? —preguntó.
—Sigo prefiriendo Santa Aurelia.

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