—De acuerdo.
Yolanda no se negó y se puso de pie para dirigirse hacia la puerta.
Un destello calculador cruzó la mirada de Ariadna, quien caminó a su lado, cojeando un poco, y le susurró en tono temeroso:
—Mamá, últimamente Eduardo se ha portado muy extraño. Desde que regresó de Santa Aurelia ha estado en mi contra, y te juro que no le he hecho nada. ¿Podrías hablar con él, por favor?
Yolanda estuvo a punto de rodar los ojos por la exasperación, pero, al fin y al cabo, era su hija. Podía ser fría en privado, pero en momentos como aquel debía comportarse a la altura.
—¿De verdad? Hablaré con él cuando lo vea.
Una sonrisa asomó en los labios de Ariadna.
—Sabía que eras la mejor, mamá. La verdad, tengo mis sospechas de que Eduardo está detrás de la recompensa por mi cabeza. Creo que no soporta mi posición en la empresa familiar y quiere quitarme del camino...
—Tu hermano jamás haría algo así —la interrumpió Yolanda con el ceño fruncido y un tono tajante—. En esta familia hay una regla sagrada: los hermanos no se atacan entre sí. Pueden pelear por los negocios y la herencia, pero hay límites que no se cruzan. Quien lo haga será desterrado para siempre. Eduardo no es ningún tonto.
—Pero... —intentó insistir Ariadna.
Yolanda fue implacable.
—Eres demasiado exitosa, y eso despierta envidias; la gente siempre busca tumbar al que está arriba. Si fueras más discreta, no tendrías que pasar por estas situaciones.
Ariadna bajó la mirada con una profunda amargura. Era evidente que a su madre no le importaba en lo más mínimo lo que le ocurriera.
Sebastián, tratando de suavizar las cosas, intervino:
—No te mortifiques, hermanita. Eduardo nunca llegaría a esos extremos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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