Aquella situación era demasiado delicada para debatirla frente a decenas de invitados. Que la hija de la rama mayor de la familia Hurtado resultara ser una impostora podía manchar irremediablemente el prestigio de su linaje.
Yolanda contuvo el torbellino de emociones que la embargaba y se dirigió a Josefina:
—¿Te parece bien si vamos a un lugar más tranquilo para platicar?
Josefina asintió.
Joaquín le hizo una seña a Smith para que mantuviera el orden en el evento y se encargara de apaciguar a los invitados.
A continuación, los miembros principales de la rama mayor de la familia se dirigieron a la sala de descanso.
La multitud los siguió con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo, momento en el cual estalló el murmullo generalizado.
—¿De verdad esa chica es la heredera de los Hurtado?
—Y yo que pensé que era la novia de Eduardo.
—¿Acaso no lo vieron? ¡Esa muchacha es la viva imagen de la señora Yolanda! Ni siquiera hacen falta pruebas de ADN.
—...
Los asistentes rebosaban de emoción; acababan de presenciar el escándalo del año en primera fila.
Desde una esquina, Almudena observaba todo con profunda inquietud.
Sacó su celular y marcó un número.
Sonó tres veces antes de que una voz glacial contestara.
—¿Qué quieres?
—Benjamín, no tienes idea del espectáculo que te perdiste por no venir —dijo Almudena.
El tono de Benjamín se mantuvo frío y cortante.
—Si tan entretenido está el circo, disfrútalo y no me molestes.
—Es que veo a Jose en una posición muy difícil —insistió ella, compartiendo su angustia—. ¿Qué pasa si los Hurtado se niegan a reconocerla?
Benjamín guardó silencio por un segundo antes de responder con indiferencia:
—Esa fue la decisión que ella tomó. ¿Qué tiene que ver conmigo?
Almudena se quedó sin palabras.
Se masajeó las sienes con frustración. Incluso a través de la línea, podía percibir el resentimiento que destilaba su voz.

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