—El segundo regalo es ella. La conocí por casualidad en Santa Aurelia y, desde el primer momento, me pareció increíblemente familiar. Empecé a investigar sus orígenes y descubrí que ella es en realidad tu verdadera hija... mi hermana.
La voz tranquila de Eduardo resonó en el salón. Un silencio sepulcral cayó sobre los invitados, aunque solo duró unos segundos.
Sebastián fue el primero en reaccionar, atónito y furioso.
—Eduardo, ¿de qué demonios estás hablando? ¡Nuestra hermana es Ariadna! ¿De dónde sacaste a esta intrusa?
Sebastián clavó la mirada en el rostro de Josefina, estudiándola detenidamente. Su sorpresa creció al darse cuenta de que, efectivamente, la joven guardaba un gran parecido con la familia, especialmente con su madre.
Aun así, la negación se aferraba a su mente. *Esto es imposible, nuestra hermana es Ariadna...*
Eduardo ignoró la interrupción y continuó:
—Fue un error del médico que atendió el parto; intercambió a las bebés. Ariadna siempre será parte de esta familia, por supuesto, pero nuestra hermana biológica es ella: Josefina León.
Sebastián intentó protestar de nuevo, pero por el rabillo del ojo notó que Yolanda caminaba lentamente hacia Josefina.
Yolanda parecía estar en trance. Levantó una mano temblorosa, con la intención de acariciar el rostro de la chica.
Sebastián intervino rápidamente y le sujetó el brazo.
—Mamá, no te dejes llevar por las emociones. Hay que comprobar si realmente es tu hija. ¿Qué tal si es una estafadora o alguien peligroso?
Eduardo frunció el ceño, indignado.
—Es mi hermana, no ninguna amenaza.
Inconscientemente, Sebastián volteó a ver a Ariadna. Tenía los ojos inyectados en sangre, las lágrimas a punto de desbordarse y una expresión de total desamparo.
Al notar su mirada, Ariadna abrió la boca como si quisiera defenderse, pero no emitió sonido alguno, como si el miedo la hubiera enmudecido.
Esa imagen tan vulnerable y lamentable destrozó a Sebastián. ¿Dónde había quedado la niña alegre y vivaz que él conocía?
Todo estaba sucediendo demasiado rápido, y el instinto protector de Sebastián se inclinó inevitablemente hacia Ariadna.
Volvió a encarar a Eduardo.
—Aun si lo que dices fuera cierto, hay que exigir pruebas de ADN. No puedes traer a la primera que te encuentras y decir que es hija de mamá. ¿O acaso tu intención es arruinarle el cumpleaños?
—Cállate.
La voz de Yolanda cortó el aire. Miró a Sebastián con el ceño fruncido y una irritación evidente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...