Yolanda lo miró, confundida.
—¿Por qué? —preguntó—. Aunque todavía no se pueda confirmar que es mi hija, siento una conexión con ella. ¿Qué tiene de malo que quiera platicar un rato con ella para que me haga compañía?
Ernesto Hurtado estaba sentado en el sofá; sin decir palabra, observaba en silencio cómo Joaquín Hurtado manejaría el asunto.
El aura imponente de Joaquín era idéntica a la de Ernesto. A la hora de hablar de negocios o asuntos serios, no sonreía y resultaba sumamente frío. Con voz calmada, le dijo:
—Todavía no se ha confirmado su identidad. Establecer vínculos afectivos de forma prematura solo te causará dolor. Los resultados estarán listos en tres días, ten un poco de paciencia.
Yolanda frunció el ceño, muy a su pesar. Desde el primer vistazo que le dio a Josefina, le había caído bien y deseaba poder platicar a gusto con ella.
En ese momento, Josefina habló:
—Él tiene razón. Estos días no es conveniente que tengamos contacto.
Joaquín la miró. Al ver su rostro, el hielo en sus ojos pareció derretirse un poco.
—Eduardo, tú la trajiste, así que encárgate de organizar su comida y alojamiento —ordenó Joaquín.
Eduardo asintió.
—Sí.
El rostro de Joaquín seguía igual de frío mientras lo observaba fijamente.
—Ya que sabías de este asunto desde hace tiempo, debiste habernos avisado antes en lugar de anunciarlo directamente en una ocasión como esta. ¿Nos estás poniendo entre la espada y la pared? Nos convertiremos en el chisme de los demás. Eduardo, actuaste sin pensar.
Eduardo bajó un poco la mirada y respondió:
—Padre, para ser honesto, Josefina ha estado en peligro constante. Hay personas que quieren acabar con ella. Si les hubiera revelado todo desde el principio, podría haber corrido aún más riesgo.
La voz de Yolanda se elevó un par de tonos.
—¿Quién quiere lastimarla? ¿Ya averiguaste quién es?
Eduardo levantó la mirada, miró de reojo a Ariadna y contestó:
—Aún lo estoy investigando. El enemigo ha enviado mercenarios tras ella en varias ocasiones. Si oculté la información, fue precisamente para protegerla.
Yolanda se llevó la mano al pecho; instintivamente quiso tomar la mano de Josefina.
Sin embargo, Josefina no extendió la suya. Simplemente se quedó en su lugar, con la mirada baja y una actitud sumamente tranquila.

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