Josefina sentía un remolino de indignación, tristeza y coraje en el pecho.
Pero en cuanto su vista cayó sobre el rostro pálido de Jimena, todas esas emociones parecieron ser aplastadas por una mano invisible. Se tragó todo sin poder decir ni media palabra.
Se quedó ahí de pie, esperando en silencio.
Benjamín regresó de hablar por teléfono. Al verla tan pálida, le dijo con voz suave:
—Ya me comuniqué con el mejor cardiólogo. Llega en unos días, así que no te apures, todo va a salir bien.
Josefina desvió la mirada, con los ojos vidriosos. Apretó los labios sin decir nada.
Benjamín volteó a ver a Andrés y su tono se volvió mucho más frío.
—Después de todo esto, le sigues echando la culpa. Por lo visto ya tomaste una decisión.
Entre Grupo León y Magdalena, había elegido a Magdalena.
A Andrés le tembló el rostro de pura rabia. Miró a Benjamín con furia.
—Tú...
Pero por más que quiso, no le salió ni una sola palabra.
Benjamín lo observó con total tranquilidad. Todavía estaba ahí, así que Andrés aún estaba a tiempo de echarse para atrás.
Una vez que saliera de esa habitación, las cosas se saldrían de control por completo.
Con una mirada de total impotencia, Andrés volteó hacia Josefina. Toda su altanería había desaparecido.
—Jose, me equivoqué contigo, y tampoco debí pegarte. Te prometo que esto no vuelve a pasar.
Josefina sintió un fuerte vuelco en el corazón.
Benjamín la miró y le preguntó:
—¿Quieres irte a descansar?
Andrés se adelantó:
—Benjamín, Grupo León es el respaldo de ella. Ten compasión, por favor.
Benjamín ni siquiera le contestó, solo se quedó mirando a Josefina.
Josefina negó con la cabeza.
—No me voy.
—Está bien, entonces yo me quedo aquí contigo. —Benjamín acercó una silla para que se sentara.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Josefina sintió de nuevo las ganas de llorar. Apartó la mirada y dijo:
—Descansa. Ya me voy.
Jimena asintió.
—Sí, ya es tardísimo. Vete a descansar.
Josefina se dio la vuelta y salió a toda prisa de la habitación.
Benjamín fue detrás de ella, viendo todo el dolor y la pelea interna por la que estaba pasando. Ella siempre había tenido un corazón de pollo.
En el fondo, ella también se moría de ganas de que sus padres la tuvieran de consentida, y de que alguien la eligiera sin dudarlo.
Al ver su perfil pálido, a Benjamín se le revolvió algo en el pecho que ni él mismo sabía cómo explicar. Se adelantó y le agarró la mano.
—Jose, te llevo a la casa.
—No hace falta.
Josefina se zafó y siguió caminando rápido.
Ya era plena madrugada y afuera del hospital no se escuchaba un alma.
Josefina le hizo la parada a un taxi, se subió y, justo cuando le iba a pedir al chofer que se arrancara rápido, la puerta del copiloto se abrió. Benjamín se trepó con ella.

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