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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 217

Josefina sintió una calidez en el pecho; de pronto pensó que Manuel era un amigo excepcional. Por supuesto, también era posible que él no quisiera deberle favores, aunque para ella aquello no había sido más que un pequeño detalle. Negó con la cabeza y le sonrió:

—Eso ya quedó en el pasado. Te lo agradezco mucho.

Una chispa de decepción cruzó por la mirada de Manuel, pero asintió.

—No tienes por qué agradecerme.

—De acuerdo.

Al llegar a su complejo residencial, Josefina se bajó del coche. Se despidió de él con la mano y observó cómo el vehículo se alejaba antes de caminar hacia el interior. Al salir del ascensor, vio una figura alta y de postura impecable plantada frente a su puerta. Un aura tensa y gélida lo envolvía, provocando un escalofrío con solo mirarlo. Josefina detuvo su andar y se dio la vuelta. Ya no quería entrar a su propia casa. «¡¿Por qué demonios está otra vez en mi puerta?!». «¡Ya es el colmo!».

—Jose, ¿a dónde vas?

Benjamín se acercó a ella. Atrapó entre la suya la mano que Josefina había levantado para presionar el botón del ascensor y deslizó el otro brazo alrededor de su cintura. El roce de su respiración en la oreja le provocó un escalofrío involuntario. Su espalda se tensó y le exigió con voz fría:

—Yo soy la que quiere saber por qué siempre vienes aquí.

—Eres mi esposa. Donde tú estés, allí estaré yo —le respondió Benjamín, bajando la cabeza para besarle suavemente la mejilla—. ¿Te la pasaste bien cenando con él?

Su voz era profunda, pero ocultaba una advertencia peligrosa. Josefina parpadeó un par de veces y comenzó a forcejear.

—¡A ti no te importa con quién cene!

Pero Benjamín parecía prever su reacción. La acorraló de golpe contra la pared, imponiendo su gran estatura sobre ella, y entrecerró sus oscuros ojos.

Exclamó ella, soltando un grito mientras trataba de liberarse con todas sus fuerzas. En medio del jaloneo, se escuchó el sonido de la tela cediendo cuando él le arrancó la blusa. Con el chorro de agua cayendo sobre el cuerpo de ella, Benjamín agarró el jabón líquido y empezó a frotarlo sobre su piel. La fricción del forcejeo terminó dejándole un par de marcas rojas. Josefina temblaba de impotencia. Estaba segura de que él había perdido el juicio. El aroma floral del jabón inundó el baño mientras Benjamín la aseaba con una dedicación obsesiva.

Su propia camisa y sus pantalones terminaron completamente empapados y pegados a su cuerpo, dejando entrever sus músculos marcados con cada uno de sus movimientos. Después de enjabonarla dos veces, se acercó de nuevo a ella, hundiendo el rostro en su cuello para comprobar si aún quedaba algún rastro del olor de otro hombre. Cerró los ojos por un instante y, cuando volvió a hablar, su voz sonaba completamente ronca.

—Jose, estoy muy enojado. ¿Qué vamos a hacer?

Josefina lo empujó.

—¡Pues muérete! Si te mueres, se te pasa.

Benjamín levantó la vista para mirarla. El rencor y la ira brillaban de forma inconfundible en los ojos de su esposa; en cambio, cuando estaba con aquel otro sujeto, ella siempre tenía una sonrisa en el rostro. Una punzada ardiente, producto del más puro coraje entripado, le taladró el pecho. Le sujetó la nuca y unió sus labios con fuerza. Josefina ahogó un grito de protesta. Le pegó, le rasguñó y trató de apartarlo a pellizcos, pero fue inútil. Con una sola mano, Benjamín inmovilizó ambas muñecas de su esposa en la espalda, forzándola a pegarse por completo contra su cuerpo.

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