Las puertas del elevador se abrieron y ambos salieron, uno detrás del otro.
—Lo voy a pensar, señor Fuentes. Muchas gracias —dijo Josefina.
—No me des las gracias —respondió Manuel—. Siempre me sentí mal por no haber podido ayudarte antes. Solo quiero aportar mi granito de arena en lo que pueda.
Josefina le sonrió de nuevo.
—Pues ahorita mismo hay algo en lo que puedes ayudarme.
—Tú dirás.
—Por favor, llévame a mi empresa. Ya tengo que ir a trabajar.
—Claro que sí —aceptó Manuel con una sonrisa.
***
La empresa de Magdalena se había fundado hacía poco tiempo, pero gracias a las inversiones del Grupo León y del Grupo Gutiérrez, así como a los contactos de Benjamín, no tardó en conseguir proyectos y encauzar el negocio.
Sin embargo, de la nada, el Grupo León anunció que retiraría su inversión.
Magdalena se había enterado de la noticia la noche anterior. Tras colgar el teléfono, apretó su celular con tanta fuerza que casi lo rompe, con los ojos llenos de rabia.
¡Maldita sea!
Ella ni siquiera había provocado a Josefina, y ahora resultaba que Josefina iba a buscarle problemas.
Magdalena compró unos boletos de avión de inmediato. Al día siguiente empacó sus maletas, tomó a Alberto en brazos y se dispuso a irse.
En la residencia, Alberto estaba al cuidado de una niñera.
Al ver que Magdalena se llevaba al niño, la mujer corrió a avisarle a Teresa.
El rostro de Teresa se ensombreció e inmediatamente mandó a sus hombres a interceptarla.
Detuvieron el coche en un cruce.
Magdalena abrazaba a Alberto con fuerza; tenía los ojos llorosos y lucía una expresión lamentable.
—Señora Teresa, déjeme llevarme a Alberto. No tiene sentido que me quede. Me iré al extranjero con mi hijo y no volveremos jamás. Así todos estarán más tranquilos. —Mientras hablaba, empezó a llorar.
Teresa frunció el ceño.
—Vives de maravilla en la residencia, no te falta nada y hay quien cuida a Alberto. ¿Qué es este berrinche?
Pero Magdalena lloraba y negaba con la cabeza.
—Voy para allá ahora mismo.
Magdalena seguía rogando, pero Teresa prefirió meterse al coche para ignorarla y no estresarse más.
Alberto era el hijo de Diego; era imposible que permitieran que se lo llevara.
Pero también era demasiado pequeño como para estar sin su madre.
Se encontraban en un callejón sin salida.
Teresa no quería que Magdalena y Benjamín tuvieran ningún tipo de contacto, pero en ese momento no tenía otra alternativa.
Media hora después, llegó Benjamín.
Su mirada irradiaba una frialdad absoluta y su presencia era intimidante. Su habitual tranquilidad se había esfumado, y fijó su oscura mirada en Magdalena.
—Magdalena, ¿qué estás haciendo?
Al verlo, Magdalena rompió en llanto con más fuerza, pero hizo el esfuerzo de aguantar sus emociones y, con voz temblorosa, lo confrontó:
—Benjamín, ¿qué les hice yo a tu esposa y a ti? ¿Por qué me humillan de esta manera?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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