—¡Ay, por favor!
Al escuchar eso, Josefina no aguantó más y se echó a reír.
Miró a Jimena con puro sarcasmo y le espetó:
—A ver, si mi papá tuviera una ex que se la pasara rondando, metiendo las narices en sus vidas y diciendo que solo quiere ver que sean felices sin molestar, ¿qué pensarías tú?
Jimena frunció el ceño.
—¡No es lo mismo! Tu papá y yo fuimos el primer amor del otro.
Josefina resopló con desdén, ya sin ganas de discutir más estupideces.
La abuela siguió observando a Jimena con indiferencia.
—En el fondo, ni siquiera crees que hiciste algo malo. Sigues pensando que yo fui la mala del cuento por quedarme con ese supuesto regalo que se dieron, y que la culpa es mía.
Jimena negó con la cabeza por puro instinto.
—No, mamá, claro que no pienso así.
Pero de inmediato soltó:
—Aunque... mamá, si ya sabes que eso no te pertenece, ¿por qué no simplemente me lo das?
—¿De verdad te escuchas cuando hablas o tus neuronas se pelean entre sí? —soltó Josefina, harta.
Jimena se quedó sin palabras.
La abuela apartó la mirada.
—Como veo que no te arrepientes de nada, mejor vete. De por sí, nosotras nunca hemos sido muy unidas. Lo mejor será que no nos volvamos a ver.
Jimena dio un paso hacia ella, alterada.
—¡Mamá!
Josefina se interpuso al instante, poniéndose muy seria.
—¿Acaso no la escuchaste? ¡Lárgate!
—¡Jose, es mi mamá! —gritó Jimena con desesperación.
Trató de levantarla de un jalón y gritó:
—¿Por qué le ruegas a ella? ¡Esa malagradecida se atreve a atacar a sus propios padres, ya se las cobrará el karma! Magda, esto no tiene nada que ver contigo, ¡no tienes por qué rebajarte así!
Andrés, con la cara seria, también intervino:
—Magda, vete a la casa. Este problema no te incumbe.
Magdalena lloraba mientras negaba con la cabeza.
—¿Cómo no me va a incumbir? Jose me tiene rencor desde hace mucho. Si admito que fue mi culpa, si hago que se sienta mejor, a lo mejor detiene todo esto. Papá, mamá, ustedes siempre han sido buenos conmigo, pero sé que desde que llegué, ella me vio con malos ojos. Quiero asumir la responsabilidad de eso.
Se soltó del agarre de Jimena y volvió a humillarse frente a Josefina, suplicándole con total desesperación.
Deshecha en llanto y temblando, empezó a implorar:
—¡Te lo ruego, Jose! Ten un poco de piedad, deja de atacar al Grupo León, te lo suplico...
—¡Magda, suéltala ya!
Jimena estaba histérica. ¡No podía soportar ver cómo Magdalena se pisoteaba la dignidad de esa manera!

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