Lástima que la mirada de Josefina no se detuviera en ella; ya no había espacio en sus ojos ni en su corazón para la mujer que era su madre.
De manera inexplicable, una punzada de pánico atravesó el interior de Jimena.
La certeza que alguna vez tuvo comenzó a tambalearse.
Aquella convicción de que Jose, al ser su hija, su propia sangre, siempre estaría de su lado sin importar qué...
Pero ahora, ya no estaba tan segura.
***
Magdalena seguía tirada en el suelo. Había dejado de llorar y hacer berrinches, y su cabello alborotado ocultaba la expresión de su rostro.
—Has actuado por tantos años, ¿no estás cansada ya? —le preguntó Josefina, mirándola desde arriba.
Magdalena se levantó del suelo con lentitud. Las marcas de los dedos en su mejilla eran evidentes y su aspecto era mucho más lamentable que antes.
—Jose, ¿de verdad no piensas dejar en paz a Grupo León? —preguntó mirando a Josefina, con ese mismo tono débil de siempre—. Es el trabajo de toda la vida de papá y mamá.
Josefina frunció el ceño ligeramente al percibir algo extraño. La persona frente a ella actuaba de forma muy rara.
A estas alturas, ¿por qué seguía con su teatro?
No respondió; se limitó a observarla con frialdad.
—Jose, ¿por qué no dices nada? —dijo Magdalena, llevándose una mano al rostro y parpadeando.
—¿Qué es exactamente lo que pretendes? —preguntó Josefina.
Una sensación de incomodidad crecía en ella, y la inquietud se apoderó de su pecho.
—Yo no he hecho nada —murmuró Magdalena en voz baja.
Tras decir eso, se dio la media vuelta y se marchó.
Josefina frunció sus cejas perfectas mientras la veía alejarse, sin poder evitar preguntarse cuáles eran sus verdaderas intenciones.
Sin embargo, no lograba imaginarlo ni descifrarlo.
Había dado la impresión de que Magdalena solo se había acercado para montar una escena frente a sus padres.
—Después de todo lo que ha pasado, he logrado ver muchas cosas con claridad —respondió Josefina, sentándose al borde de la cama.
—Así es, uno nunca deja de crecer. —La anciana le acarició la mano.
Tras una breve pausa, añadió: —Pero Jose, a fin de cuentas, son tus padres. Ellos te dieron la vida, aunque después te hayan fallado. Sin embargo, su título como padres siempre estará ahí, y no hay mucho que puedas hacer al respecto. Si ya no te molestan, simplemente haz de cuenta que no existen.
El corazón de su abuela seguía siendo blando, y la miraba con profunda ternura.
Josefina contestó, mientras sus pestañas temblaban levemente: —Está bien, te haré caso.
La anciana volvió a acariciarle la mano y la habitación se sumió en un silencio tranquilo.
Por la noche, después de cenar con su abuela, Josefina recibió una llamada de Emiliano Paredes.
—Ya hay noticias del juzgado; tendremos que esperar a que Benjamín se recupere casi por completo de sus heridas para poder iniciar el juicio —dijo Emiliano con tono de resignación—. Qué coincidencia que se haya lastimado justo ahora, ¿no crees?
—Entonces esperaremos, no tengo prisa —respondió Josefina.
—Pero mientras no se divorcien, seguirán surgiendo imprevistos —insistió Emiliano.

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