Sin embargo, al perder todo eso, ahora se sentía más libre.
Ya no tenía que sufrir ni indignarse por el favoritismo del matrimonio León, ni dudar de sí misma o vivir en la incertidumbre por los constantes titubeos de Benjamín.
Ahora solo le quedaba amarse a sí misma.
Josefina dejó escapar un largo suspiro y caminó hacia el hospital.
En medio mes, su abuela sería dada de alta para seguir recuperándose en casa.
Para entonces, ya habría terminado con su trabajo actual y podría dedicarse por completo a cuidarla.
En cuanto a su vida laboral, aún no tenía cabeza para pensar en ello.
Todavía no había resultados sobre el ataque y su divorcio estaba estancado.
No quería comprometerse con ningún trabajo y luego tener que posponer cosas por un motivo u otro.
Lo mejor era resolverlo todo antes de preocuparse por buscar otro empleo.
Empujó la puerta de la habitación y se encontró con Teresa sentada junto a la cama.
Al verla, las cejas perfectas de Josefina se fruncieron.
—Señora Gutiérrez, ¿qué hace aquí?
Al hablar, dejó en claro su cambio de trato.
Teresa pareció desconcertada por un momento, pero enseguida sonrió y dijo: —No había venido a visitar a tu abuela en todo el tiempo que lleva ingresada, y como supuse que ya estaría casi recuperada, decidí darme una vuelta. ¿Has estado muy ocupada últimamente?
—Sí, algo —respondió Josefina, con una chispa de desconfianza en sus ojos.
Ahora mantenía la guardia en alto frente a cualquiera que se acercara de manera intencional a ella o a su abuela.
Teresa asintió: —Qué bueno que llegas, tengo que hablar contigo.
Se giró hacia la anciana y añadió: —Señora Suárez, no interrumpo más su descanso. Cruzo un par de palabras con Jose y me retiro.

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