Teresa desvió la mirada por instinto. Abrazó a Alberto y dijo:
—Benjamín, ya que despertaste, descansa bien. Me voy a llevar a Alberto para que duerma...
—Valentín.
Benjamín llamó con voz ronca al hombre que estaba a su lado.
Valentín dio un paso al frente para cargar a Alberto y le dijo en un tono suave:
—Alberto, ¿qué te parece si te llevo con tu mamá?
Habían estado afuera buena parte del día y Alberto ya extrañaba a su mamá, así que asintió.
Valentín se llevó a Alberto en brazos.
Teresa se quedó sin su escudo y comenzó a entrar en pánico.
Cristóbal notó que el ambiente estaba tenso. Iba a decir algo, pero Benjamín se le adelantó:
—Adelántate a tu casa.
—Va.
Cristóbal asintió. Caminó hacia la puerta y, al recordar algo, agregó:
—Ah, por cierto, Jose llamó en la mañana.
La expresión de Benjamín no cambió en lo absoluto.
—Ah.
Cristóbal lo miró con extrañeza. Desde que empezaron con sus problemas hasta ahora, era evidente que Benjamín seguía sintiendo algo muy profundo por Josefina; no quería divorciarse para nada y esperaba con ansias que ella tomara la iniciativa de contactarlo todos los días.
Sin embargo, hoy parecía demasiado frío. Cristóbal decidió no darle más vueltas al asunto, empujó la puerta y salió de la habitación.
En la habitación se hizo un silencio absoluto. La luz blanca y pálida del hospital bañaba todo, dándoles a ambos un semblante demacrado.
Teresa apretó los dientes y admitió:
—Benjamín, acepto que me equivoqué...
—¿Por qué lo hiciste?
La sombría mirada de Benjamín se clavó en ella con total frialdad.
Teresa respondió:
—¿A poco no te quieres ir? Míralo por el lado bueno, al menos no te estoy mandando a vivir con la abuela.
Aunque Teresa estaba sentada en la silla, se tambaleó un poco. Su rostro palideció aún más, pero al final esbozó una sonrisa amarga.
—Josefina dijo que le habías prometido el divorcio, pero ya veo que ella sigue siendo lo más importante para ti.
Se levantó.
—Olvídalo, olvídalo... ya no me voy a meter en sus problemas. Benjamín, solo te pido una cosa: mantente a salvo, solo quiero que vivas.
—No me voy a morir.
Aseguró Benjamín con un tono impasible.
—De acuerdo.
Teresa no objetó nada frente a su decisión y, dándose la media vuelta, salió de la habitación a paso lento.
La habitación se sumió en el silencio. Su brazo izquierdo le punzaba y la mirada oscura de Benjamín se volvió un poco más vacía.
Todo lo que pasó la noche anterior parecía una pesadilla, pero el dolor en la herida de su brazo le recordaba que había sido muy real.
Benjamín cerró los ojos, estiró la mano para tomar el celular que estaba en la mesita de noche y marcó el número de Josefina.

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