Valentín tomó una respiración profunda antes de hablar:
—Director Gutiérrez, yo noté que andaba de mal humor. Pensé que, al ver a la señora, a lo mejor se le pasaba el coraje...
—Vaya, haces tan bien tu trabajo que ya hasta pareces leerme el pensamiento —le respondió Benjamín mirándolo con una media sonrisa irónica.
Valentín sintió de pronto un escalofrío recorrerle la espalda y se apresuró a disculparse:
—Ya entendí mi error.
—En este momento, verla no me causa ninguna alegría —dijo Benjamín con frialdad—. De ahora en adelante, si viene a buscarme, dile directamente que no tengo tiempo.
—Sí, señor —respondió Valentín.
—Prepara todo para el viaje de negocios —ordenó Benjamín.
—Enseguida.
***
Mientras estaba sentada en su coche, Josefina todavía sentía una sensación inexplicable en el pecho.
La mirada con la que Benjamín la había observado era totalmente indiferente. Tal y como él había dicho, de verdad ya no sentía nada por ella.
¡Qué mejor para ella!
Lo único que la tenía de mal humor era tener que esperarse hasta que él regresara del dichoso viaje para poder tramitar el divorcio.
¡Era realmente una molestia!
Se tomó unos momentos para calmarse y luego arrancó hacia el hospital.
Al abrir la puerta de la habitación, vio que Manuel también estaba ahí.
—Qué coincidencia, acabo de llegar y apareces tú. ¿Será cosa del destino? —dijo Manuel, sonriendo al verla.
—Puede ser —respondió Josefina—. ¿Ya terminaste todos tus pendientes?
—Así es —asintió Manuel—, por eso vine a darle una vuelta a la muchacha.
Luisa estaba acostada en la cama, mirándolos con algo de timidez.
Josefina se acercó a ella y le dijo:
—Me llamo Josefina. Fui yo quien te atropelló. Tú solo concéntrate en descansar por ahora; no tienes que preocuparte por tu mamá.
Luisa hizo el esfuerzo por incorporarse y la miró con infinita gratitud.
—Señorita León, gracias. De verdad, se lo agradezco muchísimo.
—Tú cuídate mucho para que te recuperes pronto —dijo Josefina—, y no te olvides de pagarme lo que te voy a prestar.
—¿Cómo que prestar?
Preguntó Manuel, confundido al escuchar eso desde un lado.
Josefina le resumió el asunto.
Al escucharla, Manuel levantó un poco las cejas y sonrió.
—Oye, pues nada mal tu idea.
—No te preocupes.
Manuel dejó escapar un ligero suspiro, miró a Luisa y le dijo:
—¿Y entonces por qué no pensaste mejor que somos esposos?
Luisa frunció un poco los labios y respondió:
—Porque ninguno de los dos trae anillo de matrimonio.
Manuel levantó las cejas, sorprendido.
—Bueno, tienes un buen punto.
Josefina volteó a verlo.
—Señor Fuentes, por favor, no ande confundiendo a la gente.
—A decir verdad... —Manuel la miró con mucha atención—. Me resulta bastante agradable que me relacionen contigo.
La expresión de Josefina se tensó; claramente no esperaba que él saliera con algo así.
—Es broma.
Le dijo Manuel con un tono suave, al ver cómo se había quedado congelada.
Josefina soltó un suspiro de alivio y luego volteó hacia Luisa:
—Tú ponte a descansar. Vendré a darte otra vuelta en estos días. Si necesitas cualquier cosa, échame una llamada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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