¿El agresor del cuchillo y los tipos que la empujaron eran cómplices? ¿Quién cortó la luz del bar de repente? ¿Acaso todo esto era un ataque contra ella? ¿En los asuntos de quién se había metido? ¿Por qué querían acabar con ella a toda costa?
Josefina se recargó contra la pared, sintiéndose totalmente abatida, y soltó el agarre que tenía sobre el palo del trapeador.
En la oscuridad, pareció escuchar que el hombre frente a ella soltaba una risa burlona.
Esa reacción le resultó aún más familiar. Levantó la mirada hacia él y apretó los labios, pero no dijo nada. Todavía no estaban a salvo. Además, ¿quién era la persona que tenía enfrente?
El celular en su bolsillo empezó a vibrar. Quiso sacarlo, pero el hombre le sujetó la mano de golpe. Ella se tensó al instante y trató de zafarse.
Sin embargo, él tenía demasiada fuerza. Le sostuvo la mano, se la volteó y comenzó a escribir con el dedo sobre su palma.
«No te muevas.»
Josefina se quedó pasmada. Encogió los dedos y apartó la mano. Aunque la situación la incomodaba, le hizo caso y se quedó quieta. Por lo visto, ese hombre no pretendía hacerle daño.
El tiempo pasó segundo a segundo. El encierro era tan silencioso que podía escuchar los latidos de su propio corazón, y la presencia de aquel hombre se le hacía cada vez más inconfundible.
Pensó en Benjamín.
Pero ¿cómo iba a ser posible? Cuando habló con él ayer, le había dicho que tardaría siete días más en regresar. Así que, lógicamente, no podía ser él.
Josefina frunció un poco el ceño, con la cabeza hecha un desmadre. El celular en su bolsillo no dejaba de vibrar, y afuera comenzó a escucharse algo de ruido.
—Ya volvió la luz, todos pueden salir. Acabo de llamar a la policía, así que por ahora nadie puede irse del local.
Era la voz del gerente del bar. ¿Había tardado todo este tiempo en aparecer?
Josefina se quedó pensando y, al segundo siguiente, el foco sobre sus cabezas se encendió de golpe.
La luz repentina le lastimó la vista y cerró los ojos por instinto. Se tapó un poco con la mano y, cuando su vista se acostumbró, abrió los ojos.
—No quiero. ¿Qué tal si se te ocurre darme otro golpe?
Josefina encogió los dedos y, clavándole la mirada, le reclamó:
—¿Por qué no me dijiste que ya habías regresado? ¿Por qué me mentiste diciendo que tardarías siete días más? Benjamín, ¿acaso ya te arrepentiste otra vez?
—¿De qué me voy a arrepentir? —respondió Benjamín, sin prisa alguna—. No me digas que sigues creyendo que te amo.
Josefina se le quedó viendo, inexpresiva.
—Te estás imaginando cosas. Mañana mismo vamos a firmar el divorcio. ¿Cómo podría amarte después de que te la pasas metiéndome a otras mujeres en la cama? —Se burló Benjamín, aunque no hizo el menor intento de soltarla.
—Suéltame ya —exigió Josefina.
Ya había logrado controlar sus emociones y ni loca volvería a creer una palabra de lo que él dijera. Definitivamente, interponer una demanda de divorcio seguía siendo su opción más segura.

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