Y en medio de la pista de baile, ¡alguien empujó a Josefina de repente!
Josefina tropezó un par de pasos hacia adelante. Al voltear, vio un destello frío y blanco brillar en la oscuridad. Sus pupilas se contrajeron de golpe. ¡Era... un cuchillo!
—¡Ah, me duele! —Gritó alguien un segundo después, y la escena se volvió aún más caótica.
—¡Jose! ¡¿Jose?! —se escuchó la voz llena de pánico de Silvia, no muy lejos de ella.
Josefina intentó acercarse a buscarla, pero a su alrededor solo había gente corriendo en todas direcciones hacia la salida. Entre tantos empujones, ¡le resultaba imposible avanzar!
—¡Silvia, no te preocupes por mí, corre a la salida! —gritó Josefina, desesperada.
Al instante siguiente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda y se le erizó la piel. ¡El peligro estaba encima!
—¡Señorita León, corra! —se escuchó el grito alarmado de Felipe.
Con la mente hecha un lío, Josefina no lo pensó más y bajó corriendo de la pista de baile.
Haber gritado expuso su ubicación; alguien iba por ella, ¡tenía que moverse rápido! También se dio cuenta de que no estaba a salvo. ¡No debió haber bajado la guardia!
El corazón le latía a mil por hora por los nervios. Había gente por todos lados empujándola hacia adelante. Sin embargo, esa dirección no parecía ser la salida.
¡La arrastraron a empujones hasta un pasillo! A los lados estaban los cuartos privados; la gente abría las puertas, se metía corriendo y ponía seguro de inmediato.
—Rápido, aquí no hay nadie, metámonos —dijeron unos hombres a sus espaldas, empujando para entrar a un cuarto privado que estaba justo enfrente.
Josefina también fue arrastrada hacia adentro por la inercia.
¡Pero ella no podía entrar ahí! ¡Tampoco era seguro! ¡Tenía que salir!
La habitación era diminuta. Josefina quedó con la espalda apoyada contra la pared y sintió algo parecido a un palo a su lado. Lo tocó y se dio cuenta de que eran una escoba y un trapeador. ¿Habían terminado en el cuarto de limpieza?
Sin embargo, estaba tan tensa que no se atrevió a preguntar nada; solo trató de calmar su respiración. Agarró el palo del trapeador con fuerza. ¡Si ese tipo intentaba hacerle algo, no se la iba a dejar fácil!
Pero, tras esperar un buen rato, el hombre no hizo ningún movimiento. Al contrario, su respiración se tranquilizó. En medio de la oscuridad, ella casi podía sentir cómo la mirada de él se clavaba en su rostro.
Josefina frunció un poco el ceño y guardó silencio, aguzando el oído para captar cualquier ruido del exterior.
Después del caos, afuera reinaba una quietud sepulcral. Su corazón, en cambio, se encogió por la angustia.
Alguien había apuñalado a una persona en la pista de baile, y los tipos que la empujaron hace rato no lo hicieron por accidente, fue a propósito.

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