Con el celular en la mano, Josefina se moría de ganas de llamar a Emiliano para interrogarlo, pero sin pruebas concretas, ¿cómo iba a reclamarle?
Se encontraba en un torbellino de emociones encontradas.
En ese instante, su teléfono vibró de nuevo.
Era un mensaje de Benjamín: [Las verdaderas intenciones de Manuel y Emiliano son muy complejas].
Era solo una simple frase.
¿Acaso le estaba lanzando una advertencia?
Josefina apretó levemente los labios y, tras un largo silencio, dejó el celular sobre la mesa.
No tenía ninguna excusa para cuestionar a esos dos.
Con esa duda en mente, estaría alerta y, la próxima vez que los viera, intentaría sacarles la verdad sin que se dieran cuenta.
De pronto cayó en la cuenta de algo: ¿hacía cuánto tiempo que no veía a Emiliano?
Desde que se pospuso la audiencia, no le había enviado ni un solo mensaje.
¿En qué andaría tan ocupado?
Tal vez podría llamarlo antes para tantear el terreno.
Sin pensarlo más, Josefina marcó el número de Emiliano.
Tras dar tres tonos, él respondió.
—Hola, Josefina.
La voz de Emiliano sonaba cálida y risueña.
—¿Qué has estado haciendo últimamente? —le preguntó ella—. No he sabido nada de ti.
Emiliano dejó escapar un suspiro de resignación.
—Cosas de mi familia. Las peleas por el poder están a flor de piel; a mí me han hecho a un lado, pero aun así terminé metido en el embrollo. Ando con el agua hasta el cuello.
A Josefina le quedó clara la situación, así que enseguida le propuso:
—¿Tienes tiempo esta noche? ¿Qué tal si vamos a cenar?
—Claro, ¿a dónde quieres ir? —respondió él con una ligera carcajada.
—Te mando la ubicación del restaurante.
—Perfecto.
Tras colgar la llamada, un destello calculador cruzó por la mirada de Josefina.

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Comentarios
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