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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 382

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Aunque estaba algo lejos, Josefina logró reconocerlo.

¡Era Benjamín quien había estrellado su coche contra ellos!

El corazón le latía a mil por hora, mezclando miedo y preocupación.

En ese instante, su celular empezó a sonar. Por el espejo retrovisor pudo ver a Benjamín dentro de su auto, sosteniendo el teléfono.

—¿Bueno? —contestó con voz temblorosa.

—No te bajes, pon los seguros del coche —ordenó la voz profunda de Benjamín. Su tono no mostraba ni una pizca de pánico, lo cual logró calmar un poco la ansiedad de ella.

—Sí, está bien.

Josefina asintió, obedeciendo de inmediato.

—Nada te va a pasar —añadió Benjamín en voz baja.

Sin decir más, colgó la llamada.

La docena de hombres ya se dirigía hacia el choque en la parte trasera, dejando solo a unos cuantos para vigilar el coche de Josefina.

Los guardaespaldas de Josefina se habían quedado atrapados en el cerco exterior y no tenían forma de abrirse paso.

Atrás, Benjamín abrió la puerta de su coche y bajó.

Al ver esa escena, las pupilas de Josefina se dilataron por el asombro.

¿Para qué demonios se bajaba?

¡¿Acaso no se daba cuenta del peligro?!

Josefina quería gritarle para advertirle, pero al ver a los sujetos parados junto a su propio vehículo, no se atrevió a bajar la ventana, temiendo que aprovecharan para sacarla a la fuerza.

Josefina sacó el celular para marcar a la policía, ¡pero descubrió que no había línea!

¡Alguien estaba interfiriendo la señal en esa zona!

Con el rostro pálido y consumida por la ansiedad y la tensión, volvió a fijar la vista en la parte trasera.

A Benjamín lo acompañaban dos guardaespaldas. Eran apenas tres contra más de diez.

Además, cada uno de los atacantes traía un arma en la mano: barras de metal, navajas...

Josefina apretó los puños con fuerza, sin despegar la mirada de lo que ocurría afuera.

El cielo se había oscurecido y el viento frío soplaba con fuerza, aullando como si alguien estuviera llorando.

Al ver esto, los hombres que se habían quedado vigilando a Josefina intercambiaron miradas y se lanzaron hacia allá, sumándose a la pelea.

Benjamín sabía pelear, pero por muy bueno que fuera, le superaban ampliamente en número.

Los recién llegados estaban llenos de energía, mientras que Benjamín ya había librado la primera ronda y su resistencia empezaba a mermar.

—¡Benjamín!

¡Desde el coche, Josefina vio con horror cómo uno de los sujetos le encajaba una navaja directo en un costado a Benjamín!

¡La escena se tornó sangrienta de inmediato!

Hizo el amago de bajar del auto, pero enseguida entró en razón: ¡si salía ahora, lo único que lograría sería estorbar!

¡¿Qué podía hacer?!

¡¿Qué carajos podía hacer?!

Él estaba herido, sus dos guardaespaldas también estaban en pésimas condiciones, y a los atacantes aún les quedaban cinco o seis hombres en pie...

Unas gotas de lluvia comenzaron a caer del cielo. Pronto el aguacero arreció, empapando el parabrisas y nublando la visión de Josefina, impidiéndole ver con claridad lo que estaba pasando afuera.

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