—¿Qué?
La voz de Josefina aún sonaba entrecortada, con las pestañas húmedas por las lágrimas, y lo miraba con expresión algo desconcertada.
Benjamín habló con un tono suave pero distante:
—Yo me encargaré de investigar todo esto y te protegeré. A cambio, volverás a vivir en Residencial Valle Niebla.
Sus ojos oscuros la observaron fijamente, y su tono se volvió más frío sin que se diera cuenta.
—Decir que no nos vamos a divorciar es imposible. Yo también creo que ya no tiene caso mantener este matrimonio, pero tus asuntos me han traído bastantes problemas. Te he salvado una y otra vez; tal vez ya alguien me tiene en la mira.
Josefina apretó los puños y, al escuchar sus palabras, se sumió en sus pensamientos.
Benjamín cerró los ojos. Con un rastro de cansancio evidente en su rostro, agregó:
—Puedes tomarte tu tiempo para pensarlo.
La habitación del hospital quedó en silencio. Afuera, la lluvia había dejado de caer sin que se dieran cuenta.
Josefina se fue calmando poco a poco. Era muy consciente de que no tenía los medios para investigar la verdad por su cuenta.
Y Benjamín aún estaba dispuesto a ayudarla.
Era solo un trato.
Ella no salía perdiendo.
Además, él era quien siempre terminaba herido. En verdad la había protegido muy bien.
Josefina guardó silencio por un largo rato antes de volver a mirarlo.
—¿Solo tengo que regresar a vivir ahí? —preguntó.
—Sí. —Benjamín no abrió los ojos, solo respondió con voz serena—: No te pediré nada más. Solo quiero que vuelvas.
Josefina soltó un ligero suspiro de alivio y dijo:
—Antes de hacer eso, firmemos el acuerdo de divorcio.
Al escucharla, Benjamín abrió los ojos, su mirada oscureciéndose por completo.
—Esa es una condición adicional tuya.
La mirada de Josefina parpadeó levemente.
—Ahorita no podemos tramitar el acta de divorcio, pero sí podemos firmar el acuerdo. Hace un momento dijiste que tú también querías terminar con este matrimonio. Entonces, cuando todo esto pase, llevaremos el documento para oficializarlo.
Benjamín sintió una enorme frustración. Él había cedido para ganar terreno, pero esta mujer era realmente implacable.
Ya estaba todo herido y ella seguía pensando en el divorcio.
Josefina lo pensó un momento y le pareció justo. Él podría haber evitado salir lastimado, pero terminó en ese estado por su culpa; lo mínimo que podía hacer era cuidarlo.
Benjamín volvió a cerrar los ojos.
—Entonces, empezamos desde hoy. Tengo sed.
Josefina no supo qué responder.
Se levantó a servirle agua, luego acomodó un par de almohadas extra detrás de su cabeza y le dio de beber con cuidado.
Al acercarse, un perfume suave y característico de ella lo envolvió. Benjamín pasó saliva.
Tras terminarse el vaso de agua, él cerró los ojos de inmediato para descansar.
—Tengo que ir a la casa un rato —dijo Josefina—. Debo avisarle a mi abuela, o se va a preocupar.
—Que Felipe te lleve —ordenó Benjamín con voz ronca—. Pase lo que pase, que no se despegue de ti en ningún momento.
—Lo sé.
Josefina salió de la habitación. Felipe estaba esperando afuera y, al verla, preguntó:
—Señorita León, ¿ya despertó?

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