—Sí. Ya vámonos —respondió Josefina.
Felipe asintió y comenzó a seguirla.
***
Valentín llegó rápidamente al hospital. Al ver el rostro pálido de Benjamín, preguntó:
—Señor Gutiérrez, ¿están muy graves sus heridas?
—Por ahora no me voy a morir —respondió Benjamín con frialdad.
—Pero si sigue así, no falta mucho —comentó Valentín sin poder contenerse.
Benjamín le lanzó una mirada penetrante y helada.
—¿Es lo que estás esperando?
Valentín soltó una risita nerviosa.
—No, no, es una broma. Mis hombres atraparon a uno que no alcanzó a huir. Verificamos su identidad y resulta que es de Filo de Ala.
Filo de Ala era una famosa organización de mercenarios extranjera.
Aceptaban todo tipo de misiones.
Siempre y cuando hubiera buena paga, hacían de todo.
La mirada de Benjamín se volvió sombría.
—Comunícate con Kevin y dile a la gente de Filo de Ala que tienen prohibido aceptar encargos para asesinar a Josefina.
—Entendido —asintió Valentín.
Luego, añadió:
—El señor Kevin seguramente va a pedir cosas muy exageradas otra vez. ¿Va a aceptar?
Benjamín cerró los ojos.
—Que hable directamente conmigo. Quiero ver qué se atreve a pedir.
—De acuerdo.
—Y la misión que tomaron los de Filo de Ala, ¿de quién es? —preguntó Benjamín de nuevo—. ¿Quién es el cliente?
Valentín se mostró algo incómodo.
—Señor Gutiérrez, es muy difícil averiguar eso. Es una regla sagrada; nadie se atreve a revelar los datos del cliente.
Si lo hacían, su negocio se vendría abajo.
Benjamín soltó una risa sarcástica.
—¿No dicen que solo les importa el dinero? Invita al líder de Filo de Ala a Santa Aurelia.
—Entendido.
—Si de verdad le preocupa —sugirió Felipe—, dígale que atropelló a Benjamín y que por eso tiene que cuidarlo un tiempo.
—¡Esa es buena! —A Josefina se le iluminaron los ojos—. ¡Usaré esa excusa!
Felipe soltó una carcajada.
Al llegar a casa, Josefina usó exactamente esa excusa, y la abuela, en efecto, no sospechó nada. Incluso le preguntó:
—¿Lo lastimaste muy feo?
Josefina negó con la cabeza.
—No tanto. Se fracturó, así que necesita reposo un tiempo.
La anciana asintió comprensiva.
—Pues cuídalo bien. Al fin y al cabo, estuvieron casados. No hay necesidad de terminar agarrados del chongo.
Josefina bajó un poco la mirada.
—Ya sé, abuela.
Se metió a bañar, se cambió de ropa y se acostó en la cama. En ese momento, su celular sonó con un mensaje de texto.
Al leerlo, frunció el ceño de inmediato.
—[No te divorcies de Benjamín. En cuanto pierdas el título de señora Gutiérrez, ¡te van a matar más rápido!]

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...