La mesera seguía muy apenada.
—Tengo una falda. Acompáñeme al baño; yo le voy a comprar ropa nueva para que se cambie.
Se sentía súper culpable, sobre todo al ver que la ropa de Josefina era de marca.
El ardor en el muslo se volvía cada vez más insoportable, así que Josefina se levantó y se dirigió a los baños.
Al quitarse el pantalón manchado, vio que en su piel blanca se había formado una marca roja por la quemadura.
¡Toc, toc!
Alguien llamó a la puerta. La mesera entró con la falda y le dijo:
—Señorita, póngase esto por el momento. Regreso de volada.
—Tráeme también una pomada para quemaduras —le pidió Josefina.
La muchacha se puso aún más pálida.
—Oh... claro, claro.
Josefina le dedicó una leve sonrisa.
—No fue tu culpa, no te preocupes. Corre.
A la mesera casi se le salen las lágrimas. Dio media vuelta y salió corriendo.
Josefina tomó unas toallas de papel, las mojó con agua fría y se las puso sobre la zona enrojecida. Con eso, el ardor disminuyó bastante.
Como había una plaza comercial muy cerca, la chica iba a tardar a lo mucho unos diez minutos.
Tras enjuagarse varias veces, la piel dejó de dolerle tanto.
Sin embargo, pasaron los diez minutos y la muchacha no regresaba.
Josefina empezó a fruncir el ceño. Justo en ese momento, le sonó el celular; era una llamada de Felipe.
—¿Bueno?
La voz de Felipe sonaba angustiada:
—Señorita León, ¿en dónde está?
—En el baño de la cafetería —respondió ella.
En ese momento, escuchó los gritos de Felipe detrás de ella. Antes de que pudiera asimilar la situación, el tipo que la tenía agarrada salió volando por los aires tras recibir una fuerte patada y cayó al piso.
Felipe se le fue encima y le dislocó el brazo al tipo. Le arrancó la gorra y el cubrebocas y le reclamó con el ceño fruncido:
—¿No eres de los mismos de siempre?
—¡Ya... ya estuvo! ¡Por favor, suéltame! ¡Te lo ruego, no lo vuelvo a hacer!
El sujeto, pálido y adolorido, no paraba de suplicar piedad desde el piso, sin poder siquiera levantarse.
Josefina tuvo que recargarse en la pared. Le faltaban las fuerzas y todo le daba vueltas. ¡Si Felipe no hubiera aparecido a tiempo, de verdad se la habrían llevado!
—Primero amárralo —le ordenó Josefina entre respiraciones pesadas—. Me siento muy rara. Pregúntale qué me echó y si trae algo para quitar el efecto.
Felipe le puso el pie encima del hombro. El tipo empezó a chillar de dolor.
—Es... es un incienso afrodisíaco. Nada más hay que aguantar y se pasa... y si no se aguanta, pues... pues busque un hombre...
Felipe le metió un puñetazo en la cabeza.
—¡Cerdo infeliz! ¿Quién te mandó?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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