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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 395

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Josefina apretó los dientes, apartó la mirada y terminó de ayudarlo a entrar al baño. Lo sentó en el retrete y dio media vuelta para salir.

Sin embargo, Benjamín la agarró de la mano y preguntó:

—¿Y tengo que bajarme el pantalón yo solito?

Josefina lo volteó a ver indignada.

—Pues obvio, ¿qué esperabas? ¿Que yo te lo baje?

—¿No te quedaste para cuidarme?

Josefina le dedicó una sonrisa falsísima.

—Ah, claro, ¿no quieres también que vaya al baño por ti?

Benjamín sonrió con picardía y contestó:

—Digo, si pudieras, yo encantado.

—¡Vete al diablo!

Josefina se zafó de un tirón y salió del baño echando chispas.

Benjamín se quedó mirando su figura mientras se alejaba llena de coraje, y le gritó:

—¡Espérame en la puerta, ahorita te aviso!

Ella lo ignoró olímpicamente.

Poco a poco, la diversión en su rostro se esfumó. Bajó la mirada, inmerso en sus pensamientos sobre la actitud que ella tenía hace un momento.

Le habían dado un afrodisíaco. ¿De verdad un simple baño con agua fría iba a bastar?

¿No le quedaba nada en el sistema?

¿En serio no sentía malestar?

¿O más bien estaba reprimiendo el efecto?

Pero tratándose de algo así... ¿era posible contenerse?

—¡Josefina!

Al escuchar el grito, Josefina regresó al baño y lo encontró apoyado contra el lavabo; ya se había lavado las manos.

Le acomodó el brazo bueno sobre los hombros, dispuesta a llevarlo de vuelta a la cama.

De repente, sin previo aviso, él usó toda su fuerza para atraparla con ese brazo. Luego, con la otra mano la sujetó por la cintura y, de un solo movimiento, la sentó en la barra del lavabo.

Josefina se sobresaltó.

—¡¿Qué mosca te picó?!

Benjamín se colocó en medio de sus piernas y se inclinó un poco. Clavó su mirada intensamente en la de ella y dijo:

—Hablo muy en serio, Josefina. Mantén tu distancia de Manuel. Todavía no he podido descubrir a qué se dedicó mientras estuvo en el extranjero, y no es normal que le armaran un atentado apenas puso un pie en el país. Ese tipo es un peligro andante.

Josefina trató de empujarlo.

—Ya entendí el punto, ¡bájame de aquí!

Benjamín gruñó por lo bajo.

—Estás tocando mi herida.

Al agachar la mirada, ambos vieron cómo justo donde la mano derecha de ella lo estaba empujando comenzaba a brotar una pequeña mancha de sangre.

—¿Acaso te volviste loco?

Josefina se burló sin ninguna consideración y le exigió:

—Hazte para allá.

Como él estaba distraído, Josefina aprovechó para empujarlo a un lado, saltó de la barra y se salió del baño sin perder tiempo.

Benjamín se apoyó en la pared, con un brillo de confusión en sus ojos oscuros, y luego no pudo evitar reírse por puro coraje.

Claro que sí.

Era una completa locura.

Se había pasado la vida imaginando cosas.

Pero, ¿hasta cuándo ese tipo de sueños dejarían de ser eso y se volverían realidad?

—¡Josefina, me abriste las heridas de nuevo!

Lanzó un suspiro dramático y le gritó hacia afuera.

Sin embargo, la persona que cruzó la puerta no fue Josefina, sino una enfermera.

Benjamín se quedó pasmado.

Tras curarle y vendarle las heridas otra vez, la enfermera lo advirtió con cara de pocos amigos:

—No debe hacer más esfuerzos bruscos. Si se abren una vez más se le pueden infectar y hasta corre peligro su vida.

Benjamín le lanzó una mirada llena de intención a Josefina y concluyó:

—¿Ya oíste? Te va a tocar cuidarme bien.

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