Al escuchar sus palabras, la expresión de Josefina se detuvo por un segundo. Pensando en la peligrosa situación en la que se encontraba, no pudo evitar decirle:
—Tus heridas aún no han sanado por completo...
—¿Acaso te preocupas por mí?
Pero antes de que pudiera terminar la frase, Benjamín se acercó a ella, clavando su intensa mirada oscura directamente en la suya.
Josefina: "..."
¡Qué ganas de hablar de más!
Su rostro se volvió frío y salió de la casa sin mirar atrás.
Benjamín esbozó una ligera sonrisa en sus delgados labios y la siguió de inmediato.
Al verlo llegar, la abuela se sorprendió bastante. Recorrió sus piernas con la mirada y le preguntó sin rodeos:
—¿No habías tenido un accidente automovilístico con fracturas incluidas? ¿Te recuperaste tan rápido?
Josefina: "..."
¡Qué desastre!
¿Cómo se le había olvidado ponerse de acuerdo con él sobre esa mentira?
En ese instante, sintió una mirada clavada en ella. No necesitaba voltear para saber de quién se trataba.
Benjamín la observó por unos segundos, sorprendido por la excusa que había inventado, pero sin inmutarse le respondió a la anciana:
—No fue nada grave, abuela.
La abuela lo miró con cierta perspicacia, pero decidió no hacer más preguntas.
Subieron al auto y se dirigieron directamente al hospital privado del Grupo León.
Andrés estaba esperando fuera de la habitación. Al verlos llegar, dio un par de pasos al frente y sostuvo a la anciana por el brazo.
—Mamá, ¿cómo se ha sentido últimamente?
—Me estoy recuperando muy bien —respondió la abuela con frialdad.
Andrés asintió y murmuró:
—Si Jimena ve que está tan bien, seguro que podrá descansar más tranquila.
La anciana no dijo nada más y entró directamente a la habitación.
—De por sí mi salud ya no era muy buena, y con todas las cosas que han pasado últimamente... simplemente no pude resistirlo.
—Es porque le das demasiadas vueltas a las cosas —dijo la anciana con tono impasible—. A tu edad deberías estar disfrutando de la vida. Cada quien forja su propio destino y los hijos tienen que vivir su propia vida, pero tú nunca quisiste entender eso.
Jimena la miró con lágrimas en los ojos.
—Mamá, sé que me equivoqué. Lo que hice la última vez... no debí haber actuado de esa manera...
—Lo pasado, pasado está. Ya no tiene sentido mencionarlo —sentenció la abuela—. Eres mi hija, Jimena. No te guardo rencor.
Las lágrimas de Jimena rodaron por sus mejillas. Luego, giró el rostro para mirar a Josefina.
—Jose, sé que en el pasado también cometí muchos errores contigo, ¿podrías acaso...?
—No.
Esa fue la primera palabra que Josefina pronunció desde que puso un pie en la habitación.
Para Jimena y Andrés, sonó absolutamente cruel y despiadada.
—Solo vine para acompañar a mi abuela. Dedíquense a hablar con ella y nada más —Su rostro permaneció inexpresivo y su actitud de rechazo fue contundente.
—Jose —Andrés endureció el semblante—. ¿Acaso no ves el estado de tu madre? Está gravemente enferma, ya reconoció que se equivocó. ¿Por qué sigues aferrada al pasado?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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