La mirada cristalina de Josefina se tornó gélida al enfrentarlo.
—¿Todavía tienes el descaro de regañarme?
—Yo...
Andrés estaba molesto, pero sus emociones eran una mezcla confusa.
La brecha entre esta hija y ellos se hacía cada vez más insalvable, pero, para él, todo eso ya era parte del pasado.
Jimena podría morir en cualquier momento. Al estar frente a alguien que estaba a las puertas de la muerte, ¿qué costaba decir unas cuantas mentiras compasivas?
Al menos, así Jimena podría irse en paz, sin cargar con remordimientos.
—Sé perfectamente lo que están pensando. Cualquiera puede fingir y hacer un drama, pero yo no quiero —El tono de Josefina seguía siendo implacable—. En el pasado, es cierto que sufrí muchas injusticias; desde que cumplí diez años, ustedes dejaron de amarme. Siendo así, ¿por qué debería seguirles el juego?
Jimena lloraba en silencio, mirándola con una profunda tristeza. Jamás imaginó que, incluso en un momento como ese, Josefina mantendría esa postura.
El rostro de Andrés se desfiguró de la furia.
—¡Nosotros te dimos la vida! ¿Así es como nos lo pagas?
—Ustedes no me dieron la vida.
Josefina sacó de golpe los resultados de la prueba de ADN.
—Eran tan injustos que llegué a sospechar que no llevaba su sangre, así que me hice una prueba de ADN. Y los resultados me dieron la razón.
La abuela se quedó pasmada y la miró atónita.
—¿Jose?
El semblante de Josefina se suavizó al dirigirse a ella.
—Abuela, perdóname por no decírtelo de inmediato, pero creo que no es demasiado tarde para que lo sepas.
Le tomó las manos con delicadeza.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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