Josefina nunca se esperó que a Silvia se le esfumara la valentía tan rápido. Le palmeó la espalda con resignación y dijo entre risas: —Tranquila, no se atreverá.
Silvia soltó un suspiro de alivio monumental. Se sentó a su lado, agarró una bolsa de papas fritas y empezó a masticar con fuerza.
Mientras comía, no paraba de despotricar: —Es que no lo entiendo. ¿Por qué no conoce la palabra respeto? ¿Acaso es normal que un cuñado sea tan empalagoso e intenso? Hasta empiezo a sospechar que ese tal Alberto Gutiérrez es en realidad su hijo.
Josefina bajó la mirada, pensativa. —Ojalá lo fuera.
Si fuera así, todo este enredo no sería ni la mitad de complicado.
—Ay... —Silvia también dejó escapar un suspiro de frustración, mirándola con preocupación—. Entonces, ¿cuándo carajos se van a divorciar por fin?
—Me voy a divorciar tarde o temprano —afirmó Josefina.
Había un brillo de inquebrantable determinación en sus ojos. Iba a conseguirlo, costara lo que costara.
Silvia prefirió cambiar de tema; darle vueltas a eso no las llevaba a ningún lado.
Puso una película de terror para verla juntas.
Sin embargo, justo cuando la trama estaba en su punto máximo de tensión, unos fuertes golpes en la puerta resonaron por todo el departamento.
¡Ambas pegaron un salto del susto!
—¡¿Quién es?!
Silvia gritó hacia la puerta, todavía con el corazón en la garganta.
Josefina se levantó y la acompañó a revisar por la mirilla.
Al darse cuenta de que la persona al otro lado era Benjamín, Josefina frunció el ceño. Abrió la puerta y soltó de golpe: —¿Qué haces aquí?
Silvia, al verlo, por instinto se escondió detrás de Josefina, lanzándole una mirada cargada de hostilidad.
Benjamín respondió: —No estaba tranquilo.
A Benjamín no pareció inmutarle el rechazo. Con una calma exasperante, miró a Josefina y dijo: —Entonces, vienes conmigo a casa.
—¡Eso tampoco pasará!
Silvia se aferró al brazo de Josefina como una garrapata, mirándolo con suma desconfianza. —Jose ya me prometió que se quedaría a dormir conmigo hoy.
Benjamín alzó una ceja y esbozó una sonrisa que no auguraba nada bueno. —Está bien, entonces supongo que tendré que empezar a hablarte sobre quién es Federico...
Josefina volteó a ver a Silvia. —Déjalo pasar. El hombre del que habla... probablemente sí tenga que ver contigo.
Silvia estaba más que confundida. —¿De qué hablas?
Josefina tiró de ella, retrocediendo un par de pasos. Benjamín entró con aires de grandeza, se sentó en el sofá sin pedir permiso y cruzó miradas con Silvia.
—He venido a tu casa como invitado. ¿No crees que deberías ofrecerme algo? —exigió.
Silvia cerró la puerta de un portazo y contestó entre dientes: —Te invitaría a un vaso de agua, pero ni eso te mereces. ¿O qué, te sirvo aire?

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