—¡A ti qué te importa!
Silvia se zafó bruscamente de su agarre y se marchó sin mirar atrás.
—Tú...
Cristóbal se quedó paralizado por unos segundos. Al ver cómo ella se alejaba apresurada, volteó bruscamente hacia Josefina. —Josefina, ¿no me digas que de verdad está embarazada?
Josefina lo miró con una media sonrisa cargada de ironía. —¿Y eso a ti en qué te afecta?
—Yo...
Cristóbal abrió la boca, pero no logró articular ni una sola palabra.
—Cristóbal, ¿qué voy a hacer ahora...? —se acercó lloriqueando la chica joven.
Cristóbal le respondió con evidente impaciencia: —Te dije que te dieras a respetar y no escuchaste. ¿Y ahora qué quieres hacer? ¿Lo vas a tener o vas a abortar?
La chica se encogió de hombros, asustada por su tono, y negó con la cabeza. —No lo sé.
Cristóbal se frotó el rostro, frustrado. —Solo soy tu primo, no tu novio ni tus padres. No me corresponde tomar esta decisión por ti. Piénsalo tú misma.
«...»
Josefina alcanzó a Silvia. Al verla con la mirada perdida en la nada, el corazón se le encogió un poco. —¿Pasa algo, Silvia?
Silvia la miró y se mordió el labio inferior antes de murmurar: —Jose, me siento súper perdida.
Josefina le tomó la mano con ternura. —Tranquila, vayamos paso a paso. Primero, vamos a que te pongan la inyección.
—Mjm.
Silvia estuvo con la mente en otra parte todo el tiempo.
Se hizo los análisis, tomó la pastilla, le pusieron la inyección preventiva y, finalmente, ambas salieron del hospital.
—Adelante —dijo Josefina, acomodándose con un cojín, lista para el espectáculo.
Silvia se aclaró la garganta y contestó la llamada. —Bueno, ¿quién habla?
Se hizo un silencio al otro lado de la línea antes de que Benjamín respondiera con frialdad: —Pásame a Josefina.
—¡Uy! ¿Ya no le dices «Jose»? Antes no te sacabas el «Jose» de la boca, te hacías el íntimo como si tuvieras más derecho que nadie sobre ella —Silvia empezó soltando veneno. Estaba tras un teléfono, así que el miedo brillaba por su ausencia.
—Benjamín, ¿acaso te excita el amor prohibido? ¿Te divierte coquetear con la viuda de tu hermano? ¿Quieres ser el amante de tu propia familia, jugar a tener múltiples identidades porque te parece estimulante? Una escoria como tú debería ser castrada. Ah, espera, no hace falta, porque ya no tienes pelotas. ¡Qué historia de amor tan conmovedora entre cuñados! Deberíamos publicarla en internet para que todo el mundo conozca su patético y asqueroso romance.
Lanzó toda la retahíla sin respirar y, acto seguido, le colgó el teléfono en la cara.
Silvia se dio palmaditas en el pecho. —¡Soy una fiera!
Josefina se quedó boquiabierta por varios segundos antes de levantarle ambos pulgares en señal de aprobación. —¡Te pasaste!
Silvia se abalanzó a abrazarla de nuevo. —Jose, prométeme que me vas a proteger. Después de cómo lo insulté, ¿no mandará a matarme, verdad?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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