Al escuchar las palabras del médico, el cuerpo de Josefina se tambaleó y casi cayó al suelo.
Por suerte, Benjamín fue rápido, extendió un brazo y la sostuvo de los hombros, estabilizando su postura.
Benjamín frunció su ceño marcado y dominante. “¿Están seguros de que es envenenamiento?”
El médico asintió. “Totalmente seguros.”
La voz de Benjamín se volvió más grave. “¿Cuánto tardarán en salir los resultados del laboratorio?”
El rostro del doctor reflejaba pesadumbre. “No sabría decirle con exactitud. Los componentes de esta toxina son increíblemente complejos, nos tomará tiempo aislar e identificar cada sustancia...”
Con un suspiro cargado de frustración y lástima, añadió: “Además, considerando la avanzada edad de la paciente y que recientemente se sometió a una cirugía para extirpar un tumor cerebral, es imposible saber cuánto más podrá resistir su cuerpo.”
Josefina clavó las uñas en las palmas de sus manos, aguantando el dolor físico para calmar el emocional. “Por favor... se lo suplico, descubran los componentes de ese veneno lo más rápido posible. Se lo ruego...”
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas; estaba rota por la pena y el sufrimiento.
¡Pero al mismo tiempo, un odio furibundo y una rabia ardiente comenzaron a consumirla por dentro!
¡Malditos!
¡Jimena era un absoluto monstruo!
¡¿Cómo se atrevía a cometer semejante atrocidad?!
¡Era su propia madre!
Con los puños fuertemente apretados, Josefina dio media vuelta y caminó a zancadas hacia la salida.
Silvia la siguió de inmediato. “Jose, ¿adónde vas?”
Con el rostro helado por la rabia, Josefina respondió tajante: “¿Por qué otra razón envenenaría a mi abuela si no es para obligarme a ceder a sus chantajes? ¡Voy a exigirles de una maldita vez qué es lo que quieren de mí!”
¡En ese punto, ya no le cabía la menor duda: había sido Jimena quien envenenó a su abuela!
Aún no estaba segura de si la mano de doña Anaís también estaba metida en este asunto, ¡pero era obvio que esa vieja arpía no era ajena a la situación!
Silvia se apresuró a alcanzarla. “Jose, voy contigo.”
Una escena pintoresca y llena de armonía familiar.
Qué repulsiva ironía.
“Jose…” Al verla entrar, los ojos de Jimena vacilaron por un microsegundo, pero rápidamente fingió una sonrisa encantadora. “¿Viniste a visitarme?”
“¿Qué demonios es lo que quieres?” El rostro de Josefina era un témpano de hielo; la miraba con una frialdad y desconocimiento absolutos.
En la mente de Josefina, la imagen que siempre tuvo de Jimena era la de una madre que idolatraba a Magdalena, una mujer delicada, bondadosa y, en resumidas cuentas, una típica ama de casa de clase alta cuya mayor preocupación era presumir los logros de su hija y conseguir el último bolso de diseñador.
Sin embargo, el envenenamiento de su abuela había despedazado por completo esa percepción.
¡Esta mujer de apariencia inofensiva se había atrevido a atentar contra la vida de su propia madre biológica!
¡Le costó cada onza de su autocontrol no lanzarse encima y cruzarle la cara de una bofetada!
Pero ellos tenían el antídoto de su abuela en su poder. Josefina no podía permitirse actuar de manera impulsiva.

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