—¿No que yo era un poco hombre? —preguntó Benjamín, dirigiéndole una mirada indiferente pero con un tono que invitaba a darle una bofetada.
Silvia se atragantó con sus propias palabras. Pero rápidamente contraatacó: —¿Crees que solo porque Jose te necesita en este momento, eso borra toda la basura que hiciste en el pasado? Hay un niño presente, así que me voy a guardar las malas palabras. Pero en el fondo, ¡tú sabes perfectamente qué clase de escoria eres!
Tras soltarle todo eso, dio media vuelta y se dispuso a huir.
Los ojos oscuros de Benjamín se entrecerraron con peligro. —Me parece que va siendo hora de llamar a Federico.
Al escuchar ese nombre, el cuerpo de Silvia se paralizó por completo. ¡Sintió que el alma se le caía a los pies!
¡Se dio una palmada en la frente! ¡Qué gran estupidez!
¡Cómo se le pudo olvidar que este maldito infeliz aún la tenía amenazada!
Dejó escapar un suspiro de resignación, se giró lentamente hacia él y le dedicó una sonrisa falsa. —Director Gutiérrez... le ruego que no le preste atención a las palabras de una persona sin importancia. Haga de cuenta que no escuchó nada. Admito que fui una maleducada, por favor no se lo tome a pecho.
Benjamín esbozó una sonrisa desprovista de emoción. —Tienes razón, sí que eres bastante maleducada.
Silvia se quedó muda por la indignación.
¡Estaba a punto de perder la paciencia!
Josefina intervino: —Ya está bien, vete a casa. Él no le va a decir nada a nadie.
Silvia dejó escapar un suspiro de alivio absoluto y, sin perder un segundo más, salió de allí.
Josefina se volvió hacia él y le preguntó confundida: —¿Por qué trajiste al niño?
—De ahora en adelante, lo llevaré conmigo a todas partes —respondió él.
Al escuchar esto, el pequeño Alberto se alegró tanto que sus ojitos se iluminaron por completo.
Josefina lo pensó un momento, pero decidió no decir nada más. Se sentó junto a la cama y tomó la mano seca de su abuela. Al sentir la cálida textura de su piel, la culpa y el dolor le partieron el corazón.
¡Todo era su culpa!
¡Fue su responsabilidad!
Si hubiera sido más firme en impedir que su abuela fuera a buscar a Jimena, ¿acaso estarían viviendo esta pesadilla?
Alberto ya se había quedado profundamente dormido, acurrucado sobre las piernas de su tío.
Un niño tan pequeño simplemente no podía aguantar la madrugada en vela.
Benjamín bajó la mirada hacia el niño, frunció ligeramente el ceño y lo levantó en brazos con sumo cuidado. —Vuelvo en seguida.
Dicho eso, salió de la habitación con el pequeño a cuestas.
Josefina se acurrucó en el sofá del hospital. Aunque estaba exhausta, el sueño se negaba a llegar. Su cabeza no paraba de dar vueltas. ¿Por qué Jimena y Andrés protegían a Magdalena con tanta fiereza? Habían llegado al límite de arriesgar la vida de su propia abuela.
¿Qué clase de secreto perturbador existía detrás de todo esto?
Mientras se perdía en suposiciones, la puerta se abrió de nuevo y Benjamín regresó. Había sido más rápido de lo que esperaba. Al ver la palidez enfermiza en el rostro de Josefina, él arrugó el entrecejo. —Si sigues forzándote de esta manera, la abuela no se recuperará y tú vas a colapsar. No creo que esto sea lo que ella quisiera ver.
Josefina se incorporó en el sofá, lo miró directamente a los ojos y preguntó a quemarropa: —¿Sabes quiénes eran los padres de Magdalena? ¿A qué se dedicaban? ¿Y cómo murieron?
Al escuchar esto, Benjamín enarcó una ceja. —¿Es esto lo que te ha tenido pensando toda la noche?
Josefina asintió, totalmente decidida. —Lo he pensado con detenimiento. Y creo que... tal vez los padres de Magdalena murieron por culpa de Andrés y su familia. Tal vez por eso la sobreprotegen y sienten tanta adoración por ella. Están intentando lavar su culpa compensando el daño que hicieron.

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