Al verlo, Benjamín dejó a un lado toda la frialdad de su rostro y su mirada se suavizó bastante. Le hizo una seña con la mano.
—Alberto, ven aquí.
Alberto se acercó y se aferró directamente a su pierna.
—Tío, ¿estás triste?
El pequeño alzó la cabeza y le preguntó con una voz tierna, sus grandes ojos oscuros brillaban con intensidad.
Se parecía muchísimo a su hermano mayor, Diego. Al ver ese rostro, le fue inevitable pensar en él.
Diego siempre tuvo un carácter tranquilo, mientras que él era muy travieso de niño. Una vez se escapó para ir a jugar y fue su hermano mayor quien lo encontró. Por desgracia, un grupo de hombres llevaba tiempo vigilando a la familia Gutiérrez, y al ver a los dos hermanos solos, los secuestraron sin pensarlo.
Estuvieron secuestrados durante tres días.
Solo les daban una comida al día. Si había un pedazo de pan, su hermano se lo daba a él; si había agua, también lo dejaba beber primero.
Incluso cuando los secuestradores quisieron arrastrarlo afuera para darle una paliza, fue su hermano mayor quien se interpuso para protegerlo.
Todavía recordaba perfectamente cada uno de esos quejidos de dolor.
—¿Tío?
Al ver que no respondía, Alberto lo llamó un par de veces.
—No estoy triste —respondió Benjamín, volviendo a la realidad, mirándolo con aún más ternura.
—¿Cómo es que sigues en el hospital tan tarde?
Alberto miró instintivamente hacia la puerta y luego respondió:
—Te vi triste, tío, y me quedé preocupado.
Benjamín le acarició la cabeza.
—Estoy bien. Ya es muy tarde, deberías volver a casa. Recuerda portarte bien y hacerle caso a tu mamá.
Sin embargo, Alberto no se movió. Siguió aferrado a su pierna y murmuró con desánimo:
—Tío, todos los demás niños tienen papá... ¿Por qué yo no?
—Tu papá fue un gran héroe —dijo Benjamín con un nudo en la garganta—. No puedes verlo, pero siempre está a tu lado para protegerte.
—Pero yo quiero que mi papá esté aquí conmigo —dijo Alberto, apoyando su carita en la pierna de Benjamín—. ¿No quieres ser tú mi papá, tío? Yo también quiero tener a un papá a mi lado.
Al escuchar esto, Benjamín frunció el ceño y su tono se volvió mucho más serio.
—Benjamín, ¿ya te arreglaste con Josefina?
—Sí.
Benjamín cerró los ojos, dejando en claro que no quería seguir hablando del tema.
Sin más opciones, Magdalena se dio la vuelta y se fue con Alberto en brazos.
Una vez que la puerta de la habitación se cerró, Benjamín abrió los ojos con el ceño fruncido. Sacó su celular y marcó un número.
—Habla con la niñera que cuida a Alberto. Quiero que me informe de todo lo que Magdalena le diga al niño.
***
Josefina y Silvia fueron a un restaurante de caldos y guisos. Mientras hacían fila para conseguir mesa, se encontraron con Emiliano.
—¡Josefina! Qué casualidad encontrarnos otra vez —dijo Emiliano con una sonrisa, acercándose a ella.
Josefina, sin embargo, lo miró con total frialdad.
—¿Se te ofrece algo?
Él era amigo de Benjamín y siempre lo defendía. ¡No tenía el menor interés en cruzar palabras con él!

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