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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 45

Con la vista todavía nublada, sintió cómo una mano cálida le rozaba el contorno de los ojos y le limpiaba el rastro de lágrimas.

El ambiente en el lugar estaba impregnado por los rastros del encuentro, mientras sus respiraciones seguían mezclándose de manera agitada.

Benjamín la cargó en brazos, la acomodó de nuevo sobre la cama y luego se dirigió al baño. Al volver, traía una toalla húmeda en la mano.

Le sujetó las piernas con delicadeza para limpiarla.

—¿Ya vas a dejar en paz a Silvia? —preguntó Josefina con voz ronca.

Benjamín se quedó paralizado y levantó la vista de golpe para mirarla. Un mar de emociones se agitaba en la oscuridad de sus ojos. Apretó la mandíbula antes de contestar:

—Viendo lo que estás dispuesta a pagar por ellos... sería una grosería no soltarlos, ¿no te parece?

Josefina cerró los ojos. Aún tenía gotas de sudor en la frente, los ojos enrojecidos y la respiración descontrolada.

Tras el esfuerzo físico, había ganado un ligero rubor que le devolvía algo de vitalidad al rostro.

Cuando Benjamín terminó de limpiarla, se metió directamente a la cama para abrazarla.

Era tal como había ocurrido en incontables ocasiones anteriores. Siempre terminaba envolviéndola en sus brazos, como si deseara fundirse con ella.

—De qué sirve... al fin y al cabo, ni siquiera me puedo embarazar —comentó Josefina.

El brazo de Benjamín la rodeó con un poco más de fuerza.

—¿Quieres que tengamos hijos?

Josefina ignoró la pregunta, tratando de estabilizar la tormenta emocional que sentía por dentro.

Era obvio que lo estaba atacando con sarcasmo, pero él prefirió hacerse el ciego y sordo ante la indirecta.

Solo sentía un cansancio tremendo, acompañado de una punzada de dolor constante que le atravesaba el corazón como si fueran millones de alfileres.

En cuanto recuperó algo de energía, lo hizo a un lado y bajó de la cama, lista para irse.

—¿A dónde vas? —preguntó él con el ceño fruncido.

Josefina se arregló la ropa y su expresión regresó a ser distante.

—Ya arreglamos el problema, ¿para qué me quedo? Solo les quitaría tiempo a ti y a Magdalena para convivir, ¿no crees?

—¡Jose!

Benjamín no toleraba cuando ella hablaba con tanto sarcasmo.

—Ya te lo repetí millones de veces, no tengo otras intenciones con Magdalena.

—Pues a partir de ahora ya puedes tenerlas —le contestó Josefina mientras caminaba hacia la puerta—. Yo no me voy a interponer.

Abrió la puerta y salió de golpe.

—Pues sigo buscando y ya —Josefina le regaló una pequeña sonrisa—. No es el fin del mundo.

Silvia asintió enérgica.

—Sí, lo haremos juntas. Órale, vamos a comer primero. Tienes una cara de espanto que parece que te vas a desmayar en cualquier segundo.

Pero luego le regresó la curiosidad:

—Oye, y... estuviste un montón de tiempo allá adentro. ¿Qué tantas cosas se dijeron? ¿Neta no te puso un dedo encima?

Al recordar todo lo que había ocurrido en la cama del hospital, a Josefina se le cruzó un destello de dolor y humillación en la mirada. Reprimió esos sentimientos y contestó cambiando de tema:

—Traigo unas ganas de comer un caldo bien caliente.

—¡Dalo por hecho!

***

Mientras tanto, de vuelta en la habitación del hospital, una cabecita se asomó tímidamente por la puerta. Era Alberto. Al asegurarse de que no había nadie más, entró por completo.

—Tío.

Benjamín, aún con un humor de los mil demonios, giró la cabeza bruscamente hacia él. Su mirada sombría hizo que el pequeño diera un salto del susto.

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