Cristóbal abrió la boca para replicar, pero al notar a la anciana descansando plácidamente en la cama, dudó por un momento y finalmente decidió guardar silencio.
Silvia le lanzó una última mirada de desprecio y se acercó a Josefina. Le susurró al oído:
—¿Cómo consiguieron el antídoto? ¿De verdad atraparon a Magdalena?
Josefina asintió levemente.
—La encontramos, y le devolví el favor. Yo también la envenené.
Al escuchar esto, Silvia abrió los ojos de par en par, sorprendida, y luego le levantó el pulgar en señal de aprobación.
—¡Eso, amiga! ¡Bien hecho!
Con gran esfuerzo, reprimió su emoción y continuó murmurando:
—Ya era hora de que le pusieras un alto a esa descarada. Se la pasaba pasándose de la raya contigo, y solo tú tenías tanta paciencia. Si yo hubiera estado en tu lugar, te aseguro que le habría hecho la vida imposible hace mucho.
—Ya es la comidilla en todos los círculos sociales. La familia León la desheredó por completo. A partir de ahora solo será Magdalena Salinas —comentó Cristóbal en tono irónico.
Silvia le lanzó una mirada fulminante.
—¿Tú por qué siempre te metes en todo? Estoy hablando con mi amiga, ¿quién te dio permiso de opinar?
Cristóbal la miró fijamente, con una expresión ilegible en el rostro.
—Te estoy ilustrando. Deberías aprender a agradecer a quienes te ayudan, ingrata.
—¡Nadie pidió tu ayuda! —Silvia sentía un rechazo visceral hacia él; con solo cruzar un par de palabras, ya le hervía la sangre. Cada encuentro terminaba en una discusión.
Definitivamente, ellos dos eran como el agua y el aceite.
¡Estar cerca de él era garantía de que le iba a dar una úlcera del coraje!
Cristóbal soltó una carcajada amarga.
—¡Eres increíblemente malagradecida!
Indignado, se levantó de la silla y salió furioso de la habitación.
Silvia dejó escapar un suspiro.
—Por fin se largó.
Josefina había observado toda la escena y parpadeó, extrañada.
—Nunca digas de esta agua no beberé.
Silvia se apoyó en el hombro de su amiga.
—No me asustes así. Dios me libre de terminar con alguien como él.
Era un tema que le causaba escalofríos, así que rápidamente cambió de conversación. Permaneció en el hospital haciéndole compañía a Josefina durante casi dos horas antes de despedirse.
Al salir del hospital, el cielo ya se había oscurecido. Silvia caminó hacia su Volkswagen Beetle rosa, pero justo antes de abrir la puerta, el auto que estaba estacionado detrás del suyo le tocó la bocina de repente.
Al voltear, vio a Cristóbal recargado en un Ferrari rojo brillante, mirándola con una sonrisa cínica en los labios.
Silvia le sostuvo la mirada con una expresión de total indiferencia y se subió a su escarabajo.
El ceño de Cristóbal se frunció por completo. ¡Llevaba esperándola dos malditas horas y ella ni siquiera se dignó a saludarlo!
Con un movimiento brusco, bajó del Ferrari, abrió la puerta del copiloto del Beetle y se acomodó en el asiento.
—¿Qué demonios crees que haces?
Silvia lo miró fijamente, sin molestarse en ocultar el asco en sus ojos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...