Cristóbal soltó un profundo suspiro. Al ver lo a la defensiva que estaba, esbozó una sonrisa torcida y le preguntó:
—Todavía no me respondes. ¿Qué hacías saliendo de ginecología el otro día?
Silvia rodó los ojos, fastidiada.
—Soy mujer. Que una mujer vaya al ginecólogo es lo más normal del mundo. Me sentía mal y fui a una revisión médica, ¿por qué tienes que hacer tanto drama por eso? ¿Por qué me acosas preguntándome tonterías? ¿Qué es exactamente lo que quieres?
De repente, recordando lo que Josefina le había insinuado, lo miró directamente y disparó:
—Cristóbal, ¿no me digas que te gusto?
—¡Ja!
Cristóbal soltó una carcajada como si acabara de escuchar el chiste más absurdo del universo, aunque fue una risa corta.
—¿De qué estás hablando? Nuestras familias se conocen; lo único que quería era asegurarme de que no te estuvieras metiendo en problemas. ¿Cómo crees que podrías gustarme? ¡Solo te veo como a una hermana menor, por el amor de Dios!
De forma inexplicable, escuchar esa aclaración hizo que Silvia sintiera un gran alivio. Mientras no estuviera enamorado de ella, todo estaba bien. De lo contrario, la situación habría sido insufrible.
Silvia dirigió la vista hacia el frente y sentenció:
—Bueno, ya sabes la razón. ¿Te puedes bajar de mi auto ahora?
Pero Cristóbal la seguía mirando fijamente.
—¿De verdad era solo un chequeo médico?
La paciencia de Silvia se agotó.
—Si no me crees, contrata a un detective privado para que me investigue. Te estás portando como un maldito psicópata.
Cristóbal arqueó una ceja.
—Está bien, dejaré el tema por la paz.
Sin embargo, no hizo el menor intento de salir del vehículo. En su lugar, acomodándose en el asiento, dijo:
—Me quedé sin gasolina. Hazme el favor de llevarme.
El rostro de Silvia se ensombreció.
—¡La calle está llena de taxis! Puedes salir y parar uno que te lleve a donde se te dé la gana. ¡Tengo cosas que hacer y no tengo tiempo de ser tu chofer!
Sin decir una palabra más, Cristóbal sacó su celular y le hizo una transferencia.
Notificación de AlphaPay: Has recibido diez mil pesos.
La voz electrónica resonó en el habitáculo. Cristóbal la miró de reojo.
—¿Ahora sí tienes tiempo de llevarme?
Silvia lo fulminó con la mirada.
—¿Estás loco?
Notificación de AlphaPay: Has recibido cien mil pesos.
—¡De verdad estás enfermo!
Notificación de AlphaPay: ¡Has recibido quinientos mil pesos!
—¿A dónde desea ir, Joven Cristóbal? —Silvia cambió radicalmente de actitud, dedicándole una sonrisa deslumbrante y zalamera.
Cristóbal resopló, divertido por el cinismo, y le dio la dirección. Era el Club Monte Claro; tenía una cena de negocios allí esa noche.

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