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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 499

La respiración agitada de Benjamín rozaba su cuello. Su bata ya había sido arrancada y arrojada al suelo.

Las grandes manos del hombre apretaban su cintura con firmeza. La fuerza era tal que sus marcas no tardaron en aparecer sobre su suave piel de porcelana.

—Josefina, tú te lo buscaste.

***

Fue una noche de pasión desenfrenada.

Al final, Benjamín la cargó hasta el baño, la lavó con cuidado y él mismo le aplicó crema en el cuerpo antes de abrazarla para finalmente dormir.

La tarde del día siguiente, Josefina y Benjamín bajaron al sótano para ver a Emiliano una vez más.

Estaba tan desnutrido que parecía un saco de huesos, pero seguía aferrándose a la vida.

Hasta que no confesara todo, Benjamín no le iba a permitir el lujo de morir.

El hombre estaba atado, colgando a medias en el aire, respirando con dificultad. El cuarto apestaba a sangre seca y sudor frío.

Josefina sostenía un arma en la mano, practicando su puntería mientras le lanzaba la misma pregunta:

—¿Quién fue el que te ordenó hacerme esto?

Emiliano se mantuvo en un terco silencio.

Benjamín intervino desde un rincón con un tono casual.

—La familia Paredes está en una crisis terrible en este momento. He estado observando la situación, esperando el momento perfecto para atacar. Y cuando lo haga, seguramente me llevaré la mayor parte de sus riquezas.

Miró a Emiliano con total frialdad.

—¿Vas a morir protegiendo este secreto, o prefieres salvar a tu familia? Piénsalo muy bien. Si tomas la decisión equivocada, la vida de tu gente se convertirá en un infierno.

Al fin, Emiliano mostró un ligero cambio en su expresión. Abrió los ojos a medias y con una voz extremadamente ronca, casi inaudible, dijo:

—¿Ustedes lograron contactar a Leandro?

Benjamín enarcó una ceja.

—Así es. De hecho, ya llegó a Santa Aurelia.

—Quiero verlo.

La voz de Emiliano sonaba como lija.

—Déjenme hablar con él, y les diré todo lo que quieren saber.

Benjamín dejó escapar una sonrisa ladeada.

—Hecho.

Tomó a Josefina de la mano.

—Vamos. Lo esperaremos afuera.

—Benjamín, ¿haciendo esto no te da miedo que nuestro jefe venga por tu cabeza?

—Nada me gustaría más que verlo intentar causarme problemas —soltó Benjamín con un bufido helado, su mirada afilada como una cuchilla—. Entra. Ustedes dos llevan tanto tiempo sin verse, estoy seguro de que tienen mucho de qué hablar.

El guardaespaldas escoltó a Leandro hasta la habitación donde retenían a Emiliano.

Por su parte, Benjamín guio a Josefina a una sala de control repleta de pantallas de seguridad, cada una mostrando una habitación distinta del sótano.

En la pantalla más grande y central, se podía ver claramente el cuarto de Emiliano.

Había cámaras cubriendo los 360 grados; no existía un solo punto ciego.

Leandro entró a la celda, pero el guardaespaldas le impidió acercarse a más de diez metros de Emiliano.

Al ver su estado deplorable, Leandro se quedó en shock.

—¡¿Cómo terminaste así?!

Emiliano, sin poder apenas moverse, articuló lentamente:

—¿Qué dijo el jefe?

Leandro miró a su alrededor con nerviosismo y dio un paso hacia él.

—¡Atrás!

El guardaespaldas le bloqueó el paso de inmediato, impidiendo que se acercara un centímetro más.

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