Luisa escuchó sus palabras y un destello intenso cruzó por su mirada.
¿Tarde o temprano se iban a divorciar?
¿Eso significaba que ella todavía tenía una oportunidad?
Luisa bajó la mirada y, casi al instante, vio el resultado en la prueba de embarazo.
—Josefina, mira rápido.
Josefina bajó la vista y vio que solo aparecía una sola rayita en la prueba. Al ver ese resultado, dejó escapar un suspiro y todo su cuerpo se relajó.
Menos mal. Qué alivio.
No estaba embarazada.
Tomó la prueba de embarazo, la observó por un momento más y, tras confirmar que solo había una línea, la arrojó al bote de basura.
Su tono de voz se volvió notablemente más alegre: —Vamos, hay que comprarle algo divertido a la abuela.
Luisa asintió: —¡Sí!
—...
Al regresar a casa, se dieron cuenta de que Benjamín ya había llegado.
Sus oscuros y afilados ojos se clavaron directamente en ella, con una expresión indescifrable.
Por puro instinto, Josefina bajó la mirada, sintiéndose repentinamente culpable sin razón aparente.
Pero pronto reaccionó. ¿Por qué se sentía culpable?
¡Ella no había hecho nada malo!
Volvió a levantar la vista, caminó directamente hacia donde estaba la anciana, abrió la bolsa que llevaba y sacó un par de juguetes.
Había un rompecabezas ideal para agilizar la mente y una pequeña consola de videojuegos.
Al ver aquello, la anciana no supo si reír o llorar. —Muchacha traviesa, ¿crees que soy una niña pequeña?
Josefina replicó: —¿Quién dice que los adultos no pueden jugar con estas cosas? A mí me encanta armar rompecabezas. Abuela, ármalo conmigo, ¿sí?
Luego, sacó un par de ovillos de lana y unas agujas de tejer, y le habló con un tono mimado: —Abuela, quiero una bufanda. ¿Me tejes una, por favor? Cuando era niña, siempre me tejías guantes.
La anciana se quedó en silencio por unos segundos antes de responder: —Tejer una bufanda está bien, pero creo que paso con esos juguetes.

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