Josefina la miró, con los ojos llenos de confusión: —Almudena, ¿de qué estás hablando?
—Ah... es que pasó esto.
Almudena volvió en sí y le resumió todo lo que había sucedido la noche anterior.
Al escucharla, la expresión de Josefina se quedó paralizada por un momento.
¡¿Magdalena Salinas había envenenado a Alberto?!
¿Acaso no era su propia madre?
¿Por qué haría algo tan retorcido?
Miró a Almudena y preguntó: —¿Y cómo está Alberto ahora?
—Él... está estable por el momento —la voz de Cristóbal resonó justo en ese instante—. Yo lo vi. El pobre niño da lástima, tiene su carita pálida y los labios morados. Apenas da dos pasos y tiene que detenerse a descansar, está sumamente débil.
Mientras hablaba, el rostro de Cristóbal se llenó de asco y resentimiento. —Esa mujer, Magdalena Salinas, es verdaderamente perversa. Llegar al extremo de envenenar a su propio hijo... Vaya que me ha abierto los ojos.
Los dedos de Josefina se encogieron ligeramente.
Los síntomas de Alberto eran idénticos a los de su abuela.
Aunque su abuela había tomado el antídoto, su cuerpo seguía sufriendo los estragos del veneno: su cerebro reaccionaba con lentitud, su mente ya no era ágil y pasaba horas con la mirada perdida.
Alberto apenas tenía tres añitos. Si el veneno permanecía en su sistema por mucho tiempo, podría causarle daños irreversibles.
Magdalena Salinas era tan despiadada como decían.
Con tal de chantajear a Benjamín, había sido capaz de idear un plan tan vil.
Josefina volvió a mirar a Cristóbal y preguntó: —¿Y dónde se supone que debemos buscar el antídoto?
Cristóbal negó con la cabeza. —Aún no lo sabemos. Benjamín ya mandó gente a vigilar a la vieja bruja de Anaís. Deberíamos averiguar algo pronto.

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