—Solo estaba apostando a que funcionara —comentó Benjamín.
—Por eso digo que es un idiota —replicó Almudena sin una pizca de piedad—. Se ganó ese balazo a pulso. Solo espero que esto le sirva de lección.
Josefina no pudo evitar lanzarle una mirada de sorpresa.
Almudena notó su reacción y soltó una carcajada ligera. —No te espantes. Solo me desespera que sea tan inútil. No tiene talento para nada, pero para causar problemas es un experto de primera. Siempre he rezado para que madure de una vez y deje de hacer estas niñerías.
Josefina bajó la mirada. —Lo hizo por Silvia.
Almudena suspiró profundamente. —Ay, los pobres idiotas enamorados… Si se hubiera dado cuenta de sus sentimientos antes, habría sido tan fácil como declarársele a Silvia de frente. Nos habríamos ahorrado todo este circo. No sé qué tiene en la cabeza, te juro que su cerebro es de adorno.
Josefina se quedó sin palabras.
El auto se sumió en un tenso silencio.
Al llegar al hospital, Cristóbal ya había salido de urgencias y estaba en una habitación.
Le habían extraído la bala del muslo, pero aún no despertaba.
El aire de la habitación olía a desinfectante. Ismael estaba de pie a un lado de la cama, hablando en voz baja con el médico.
Al verlos entrar, hizo un gesto con la mano para que el doctor se retirara.
Luego se dirigió a Almudena: —Tu madre está en el piso de arriba. Ve a verla en un rato; se llevó un susto terrible.
—Entendido —asintió Almudena.
Ismael continuó con voz dura: —En cuanto este inútil despierte, dile que redacte un acuerdo de divorcio. Que lo firme y empiece los trámites de separación inmediatamente.
Almudena lo miró con ironía. —¿Y por qué no se lo dices tú?
El rostro de Ismael se ensombreció. —Porque a ti te hace caso.
Josefina palideció aún más y la culpa la consumió. Debió haber impedido esa boda a toda costa.
Ismael miró a Cristóbal con ojos llenos de rabia. —¿Te volviste loco? ¡¿Te acaban de humillar frente a toda la ciudad y todavía te niegas a firmar el divorcio?!
—¡No fue su culpa! —Cristóbal le devolvió una mirada desafiante—. ¡A mí me importa un carajo lo que diga la gente! ¿Por qué tienen tanta prisa?
—¡Tú…!
Ismael estaba rojo de ira. Apretó los puños y resopló con fuerza. —Si no te divorcias, ese psicópata se va a ir contra nuestra familia. ¡Ya viste de lo que es capaz! No tiene escrúpulos. ¡Supongo que firmarás cuando tu madre y yo estemos muertos!
Y sin decir más, Ismael salió de la habitación hecho una furia.
Almudena cruzó los brazos y miró a su hermano con una sonrisa de medio lado. —Mírate nada más. Resulta que sí tienes agallas.
Cristóbal cerró los ojos, exhausto, y luego giró la cabeza hacia Benjamín. —Benjamín… ¿sabes a dónde se llevó Federico a Silvia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
Alguna forma de leer gratis?????...