Las lágrimas de Josefina comenzaron a brotar. Miró a Benjamín con la voz quebrada. —Lo sé, sé que no puedo desmoronarme ahora, pero… ¿qué va a pasar con Silvia? Ni siquiera quiero imaginar lo que Federico le está haciendo, ella…
Benjamín la envolvió entre sus brazos. Cada lágrima de Josefina caía como plomo ardiente sobre su pecho, provocándole una punzada de dolor en el corazón.
—Esta es una prueba que ella tiene que pasar. Te aseguro que volverá a salvo —la consoló en voz baja, aunque en el fondo de su mirada oscura solo había una gélida indiferencia.
Él ya había tomado su decisión hacía mucho tiempo.
Para él, nadie en este mundo era más importante que Josefina.
Josefina cerró los ojos y se apoyó contra su pecho, dejando que las lágrimas fluyeran. Estaba consumida por la culpa y el dolor.
Sentía que le había fallado a Silvia, que no había sido capaz de protegerla.
—Josefina.
En ese momento, la Señora Téllez se acercó. Tenía el rostro desencajado por el terror y su maquillaje, siempre impecable, estaba arruinado.
Josefina se secó las lágrimas de inmediato y la miró. —Señora Téllez.
—Silvia y ese hombre… ¿qué fue lo que pasó exactamente? —preguntó la mujer, como si las palabras le quemaran en la boca. Había llorado tanto por el secuestro de su hija que tenía los ojos rojos e hinchados.
Josefina tomó una bocanada de aire antes de responder: —Fue solo un accidente. Silvia nunca le dio importancia, pero Federico se obsesionó con ella y la estuvo buscando todo este tiempo.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de la Señora Téllez. —¿Y ahora qué va a pasar con mi niña? ¿Cómo pudo ser tan tonta? ¿Cómo se le ocurrió enredarse con un hombre así? ¡Yo se lo dije! Le dije mil veces que se casara, pero nunca me hace caso. Si se hubiera casado antes, nada de esto estaría pasando…
Incluso en medio de esa tragedia, lo único que salía de su boca eran reproches hacia su propia hija.
Josefina se detuvo en seco.
—¿Alguien me va a explicar qué demonios acaba de pasar? —preguntó Almudena.
Benjamín intervino: —Te lo explicamos en el camino.
Almudena levantó una ceja, abrió la puerta trasera para ellos y se subió al asiento del conductor.
El trayecto comenzó en silencio, hasta que Benjamín le hizo un resumen rápido de la situación.
—¡Qué idiota! —maldijo Almudena de inmediato—. Siendo yo tan inteligente y fabulosa, ¿cómo es posible que tenga un hermano tan estúpido? ¡Un matrimonio falso! ¡Solo a un cerebro de mosquito se le ocurre semejante estupidez! ¿Y Silvia? ¿Cómo se dejó convencer para aceptar esa locura? ¡Ese mocoso tenía segundas intenciones desde el principio!
Como era de esperarse de su propia hermana, Almudena no tardó ni un segundo en descifrar el verdadero plan de Cristóbal.

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